El hombre endeudado

Una de las muchas características que nuestro ser social lleva aparejada es la de la reciprocidad. Incluso cuando somos regalados desinteresadamente, inmediatamente nos sentimos en deuda con quien nos regala. Nada que no dijera ya aquel refrán de ‘favor con favor se paga’. Existe un código no escrito, que parece grabado en lo más profundo de nuestra forma de ser por el que nos sentimos en la obligación de devolver, poco importa que sea algo nimio o excepcionalmente importante, da igual que sea una llamada de teléfono o un préstamo económico. Es una idea la de la devolución que está inserta tanto en quien da como en quien recibe. Hasta la acción más desinteresada puede albergar en su interior una expectativa de devolución del otro en alguna forma determinada, expectativa que al verse incumplida nos lleva a pensar al otro como un ser desagradecido.

La deuda, por tanto, ha convivido y convive de siempre con el hombre. Desde nuestro propio nacimiento, nos es dada la vida, y como algo que nos es dado, se establece ante ello una obligación moral de devolución. Hemos de devolverle vida a la vida que se nos ha dado, y eso dirige buena parte de nuestras acciones. El sentimiento de deuda se convierte entonces en un motor de acción y en un pegamento social que nos obliga moralmente ante los demás, ya sea formal o informalmente, y ante nosotros mismos.

Vivir sin el sentimiento de deuda es un imposible, o un sinvivir. Sin ese sentimiento seríamos inhumanos y asociales, incapaces de relacionarnos y ni siquiera de procurarnos nuestra propia subsistencia. La vida de convertiría en una continua contienda de todos contra todos, y apenas podría existir avance porque la deuda anticipa el recurso para un futuro beneficio. Gracias a la deuda podemos aventurarnos a algo, obtener algo que ahora no está disponible y así avanzar. La deuda supone un anticipo en espera de ser devuelto que se basa en un acto de confianza más o menos explícita. Cuanta más confianza y más intimidad, menos explícita y contractual, y más implícita y tácita es.

Es por eso por lo que como seres humanos aceptamos la deuda fácilmente, porque se encuentra en nuestra raíz social y de convivencia, y porque nos procura anticipar algo que no está disponible y que deseamos. Confiamos y anticipamos de todo, desde lo monetario y material hasta los afectos o el tiempo. Y en esa confianza y anticipación surge el sentimiento de deuda. La deuda no es algo transaccional ni frío entonces, sino un mecanismo de relación y convivencia social que hace parte del ser humano y de su forma de convivir.

Hoy, sin embargo, en el reino del homos economicus, donde todo se establece en torno al ser humano como factor productivo y factor consumidor, y donde el concepto de transacción implica siempre un componente monetario, la deuda ha adquirido un cariz diferente de la idea de motor social invisible. Aprovechando esa tendencia innata del ser humano a aceptar vivir con la deuda como facilitador social y de avance, se ha introducido la normalidad de vivir endeudados económicamente, sometidos a obligaciones de pago de por vida. La deuda económica se ha convertido en nuestros días en algo natural con lo que convivimos, aceptado como si fuera pauta normal que hemos de transigir. Y sobre esa deuda económica hemos establecido todo un sistema de existir. Hoy nuestros bienes más básicos se adquieren y se consiguen a base de deuda económica que se vende falsariamente como una oportunidad de igualación, de acceso de todos a cosas que de otra forma sería imposible. La consecuencia es la vida por encima de las posibilidades propias, la igualdad ficticia que nos esclaviza porque genera obligaciones estrictamente económicas que nos angustian ante el riesgo de no poder hacer frente a ellas. El endeudamiento de hoy ya no solo es el de la reciprocidad propia de la naturaleza humana que es cálida, social y afectuosa, sino que el endeudamiento que nos domina es el económico frío y transaccional que hace que nuestro bienestar dependa del hilo del ingreso que no siempre es seguro. La deuda económica es segura hasta que no se condona, pero no la forma de hacerle frente. Entonces el ser humano endeudado se convierte en ser humano esclavizado por su propia deuda económica contraída. Se convierte en servil por miedo a no poder hacer frente a su deuda, se transforma en temeroso e inmóvil por la incertidumbre del ingreso futuro. Y lo peor es que lo acepta con la normalidad de cualquier otra deuda.

Otro modelo no basado en la deuda perpetua es necesario para permitir al ser humano endeudado ser un poco más libre.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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