Vivir afuera y los ‘terceros lugares’

En Narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, su protagonista pasa algunos capítulos escondido en una improvisada habitación oculta en un barco con el objeto de no ser visto y devuelto a su casa con sus padres. Lo que en un principio es contemplado por él como una acogedora dependencia se convierte tras su encierro de días en un angustioso lugar del que ansía escapar. El mundo actual nos ha transformado a todos un poco en Gordon Pym. Desde hace ya muchos años, décadas, existe una incitación continua y constante a vivir hacia afuera. Buena parte del tejido económico que nos hemos procurado como sociedad basa su funcionamiento en el estar fuera. Los viajes, los encuentros sociales, las actividades de ocio, la cultura y cualquier otro ámbito donde posemos nuestra mirada refleja esa idea de vivir hacia afuera. Todo lo interesante, todo lo que merece la pena parece que ha de buscarse más allá de las puertas de nuestras casas.

Por el contrario, la idea de hogar vivido con profundidad, más allá de las estrategias puntuales de mercadotecnia, queda reducido a un escaso número de personas que son mirados por el resto con una mezcla de admiración, sorpresa e incomprensión. Vivir hacia adentro, hacia nuestros hogares, es casi un acto de heroísmo en un universo montado alrededor de la extroversión social que denosta lo que no sea estar ahí fuera, y lo tilda de raro y extraño.

Mantenernos a todos afuera significa, más allá de la evidencia del consumo desaforado, exponernos a un movimiento continuo que nos rehúya de nosotros mismos. Estar ahí afuera es un ejercicio de escapismo bendecido socialmente para no pensarnos a nosotros. Las casas, como a Gordon Pym su escondite, nos angustian y deseamos estar fuera, vivir afuera. Los hogares se transforman en almacenes de cosas, en inmuebles fríos donde tan solo pernoctamos. Ya no son un lugar donde estar, ni tan siquiera donde regresar, porque en donde hay que estar es afuera si uno quiere vivir con mayúsculas. Surgen entonces cientos de ‘terceros lugares’, esos espacios entre el trabajo y la casa donde poder sentir un cierto confort sin tener que estar en nuestros domicilios. Tiendas, hostelería y comercios de todo tipo se decoran y visten para hacernos sentir como en casa sin ser nuestra casa. El tercer lugar es el santo y seña de esta época, un estar sin estar, una calidez ficción que se clona por miles, un ‘házmelo tú mismo’ que suplanta al do it yourself sin miramientos.

El mundo de afuera crea madrigueras, lugares acogedores que nos mantengan alejados de la que debiera ser nuestra madriguera de verdad, en la que apenas invertimos tiempo ni esfuerzo ni recursos económicos. Preferimos invertir ese tiempo y esos recursos en esos ‘terceros lugares’. Allí nos relacionamos, allí somos cuidados, allí somos atendidos, allí somos servidos, allí nos divertimos, allí nos alimentamos. Todo es allí, todo es el exterior, lo que está afuera. No estar allí es no vivir, es perderse la vida. Nos ofrecen experiencias que son procuradas siempre por otros, y lo son desde afuera. Queremos experiencias que nos marquen, que nos hagan especiales y diferentes, pero siempre desde lo ajeno a nosotros.

Ese allí implica algo que está lejano, que no es enteramente nosotros, algo con lo que nos relacionamos pero que nos es ciertamente ajeno, que no nos es íntimo. Y esa lejanía, ese estar siempre afuera, nos ausenta de nuestro interior, que ya no sabemos dónde encontrarlo ni ubicarlo. Y tras ello se encuentra el vacío. El vacío es la incapacidad de tener un lugar propio donde estar, tanto físico como metafísico. Buscamos llenar ese vacío con el ahínco de la experiencia que nos es ajena, que nos es propuesta del exterior, y nos expandimos por esos ‘terceros lugares’ para sentirnos especiales, para encontrar el confort y la calidez que le son propios a lo que es hogar. Y lo que encontramos tras ello es más vacío.

Hoy no está de más recordar que necesitamos reconstruir nuestro ‘primer lugar’, un hogar en el que lejos de rehuirnos, nos encontramos y hallamos a nosotros mismos, nos reflejamos y expandimos. Y a partir de ahí, cualquier lugar de allí afuera siempre será bueno.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s