¿Grande o pequeño?

Si hay una característica curiosa que define nuestro tiempo es la importancia que otorgamos socialmente a lo que es grande. Hemos convertido lo grande en símbolo y materialización de lo que triunfa y es exitoso. En un mundo cincelado a golpe de primeras impresiones, de encuentros fugaces y de hiper imagen, se necesita transmitir evidencias en tan solo segundos, ser etiquetado con rapidez, territorio donde lo grande juega con ventaja. Lo grande se divisa de inmediato, es deslumbrante e impresiona de un vistazo. Lo grande demanda poca explicación porque nuestro código cultural asocia ya de por sí una idea de poder a todo lo que posee gran tamaño. Grande por fuera y vacío por dentro, poco importa en el mundo de la apariencia donde lo grande reina, es moneda de cambio y aspiración general.

Lo que es grande intimida, impone, se hace respetar a golpe de esas primeras impresiones. Lo grande prospera en mundos en los que se defiende la escasez del tiempo que jamás sobra (¿dónde se meterá ese tiempo y para qué lo querremos?), porque en esos lugares nunca se traspasa la muralla de la apariencia. Lo grande se identifica con la idea de progreso exportada desde lo económico a todos los espectros de nuestra vida. El progreso es crecer, se nos dice y se nos adoctrina, y crecer significa ser grande. Ser grande es progresar, y como el progreso no se detiene, nunca se es suficientemente grande.

Pero cuanto más grandes hacemos las cosas, más pequeños nos hacemos nosotros. Nuestras creaciones y posesiones grandes se transforman en gigantes mientras nosotros nos encojemos y disminuimos como liliputienses. Lo grande nos esclaviza porque demanda más que lo pequeño y ansía crecer sin fin en lo material. Su tiranía nos mantiene presos allá donde no deseamos permanecer porque lo grande exige ser alimentado de una forma voraz.  En el universo de lo grande lo menos siempre es menos, no más, y lo más resulta permanentemente insuficiente.

En lo grande el detalle desaparece y se sustituye por grandes trazos impersonales, duros y ásperos de los que huye el calor y lo afectivo. Si en los detalles mostramos nuestras esencias, en lo grande mostramos nuestras apariencias, lo que no somos más que lo que somos. Y en esa triste transgresión dejamos de Ser para simplemente aparentar Ser. Lo grande es el epítome de nuestra sociedad transmoderna. Hiper visible y apabullante por fuera, vacía por dentro. Y ante el vacío que nadie enfrenta, seguimos viviendo hacia el exterior, sin traspasar la fachada, porque para traspasarla y sentir bienestar necesitamos empequeñecer lo que nos rodea, hacerlo manejable para poder abarcarlo, acariciarlo material y metafóricamente y cubrirlo de afectos y de amor, ese amor que solo surge cuando abandonamos el trazo grueso para entrar en el detalle, cuando el tiempo es nuestro y no de los demás.

El detalle siempre es pequeño y a menudo invisible. Por eso el detalle es indagación, curiosidad, interés, intención y descubrimiento, y en esa actitud es donde nace el amor, la querencia y el compromiso por las cosas. No se puede amar de verdad lo que no se conoce, y solo lo abarcable puede ser conocido en profundidad. Hay que primero conocerse para después reconocerse, y en ese reconocimiento de uno mismo es cuando se empieza a Ser de verdad, a estar agusto con uno mismo. Lo grande es imposible de recorrer porque solo busca ser más grande. Lo pequeño, en cambio, solo busca Ser. Lo pequeño no significa reducirse sino más bien lo contrario, engrandecerse. Y es que lo más grande, por paradójico que resulte, habita en lo más pequeño.

Para Ana.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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