La evidencia, la duda y la beligerancia

Cierto, claro, patente y sin la menor duda. La huida de la duda y de lo incierto, la búsqueda de la seguridad y tranquilidad que ofrece lo que resulta patente, comprobable y visible. El ser humano siempre ha anhelado la evidencia. Nuestra época, sin embargo, ha ido un paso más allá y ha pasado de entronizar como monarca absoluta a la evidencia bajo el signo del ‘si no lo veo, no lo creo’, a prácticamente hacerla inútil. Hasta hace poco tiempo, necesitábamos y ansiábamos creer, pero antes exigíamos ver. Requeríamos evidencia incluso a la no evidencia. Nada era creído si de entrada no podía ofrecer algo mostrable y demostrable. Lo que dejaba lugar a dudas, a interpretaciones, a incertezas o a resoluciones lejanas a lo categórico resultaba incómodo y había de prescindirse de ello.

La velocidad y rapidez de la que presume nuestro mundo hizo el resto. Todo debía ser comprobado instantáneamente, con poco esfuerzo, de manera inmediata. La evidencia se descabalga de lo reflexivo, de lo que demandaba pensamiento y tiempo, de lo que había de esperarse y madurar. Es entonces cuando la evidencia se transmutó en gesto. El gesto convertido en sinónimo de lo evidente. No hacía falta ir más allá, tan solo con verlo bastaba. No se preguntaba ni se cuestionaba, porque lo que se veía era lo evidente sin más, y lo evidente era cierto, claro, patente y sin la menor duda.

Pero aceptada la igualdad del gesto y la evidencia, nos alcanzó la paradoja de que cuanto más gesto, cuanta más evidencia veíamos, lejos de generar certidumbre y claridad, sucedía justo su contrario. La conformidad con la superficialidad del gesto y su exceso de uso convirtió todo en evidente, todo en cierto, claro y patente, tanto lo suyo como lo contrario, y en esa dinámica en la que todo era cierto, nada lo era. Terminamos arrastrados entonces al territorio del ruido y del rumor. Cosas que poseían apariencia de ser ciertas pero que carecíamos de base y tiempo para corroborarlo. Todo ello originó una capa sobre la que la evidencia como claridad se fue sepultando y se transformó en duda en sí misma. La evidencia ya no era igual al gesto ni tampoco a la claridad. La evidencia quedaba, por tanto, anulada como base para creer porque se hacía duda en sí misma.

Desarmado ya el gesto y lo visible como fuente de evidencia, y también la evidencia como origen de lo que podemos o debemos creer, ya solo nos queda el seguidismo ciego. Siempre en busca de certezas y de seguridad, si no lo proporciona lo evidente porque ya no podemos confiar en ello, buscamos lo que nos es similar, lo que se nos asemeja, ‘los nuestros’. Poco importa si lo que se nos dice es o no veraz, si es o no evidente, ahora lo relevante es si se acomoda a lo que creemos, a lo que estimamos que debe ser. Informarse ya no es el objetivo, el fin es confirmarse. Ya no existe un ansia por la evidencia que nos tranquilice y ofrezca seguridad, sino que ese anhelo se ha trasladado a encontrar gente como nosotros, a entregarnos a los nuestros. El gesto, siempre presente, deja de jugar a ser evidente para hacerse beligerante. Ahora el gesto ya no quiere convencer, sino identificar, diferenciar en bandos y mantener prietas nuestras filas. Así queda configurado el triste viaje de lo evidente a lo beligerante.

Es por eso que hemos de desandar el camino. Deshacer la hermandad del gesto con lo beligerante, para hacerlo posteriormente con la evidencia y permitir que lo evidente vuelva a morar en el universo de lo reflexivo y del pensamiento, no de lo superficial y banal. Recuperar la evidencia como fruto de lo pensado y reflexionado es recuperar buena parte de lo que nos hace humanos.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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