Vidas sin huella

Ya en su vejez, decía proféticamente Miguel Delibes que, en un futuro, los abuelos apenas tendrían nada que contar. Recordaba su niñez alrededor de su abuelo contando fascinantes historias que mantenían a todos los nietos pegados a sus piernas y a su sofá. Poco importaba que aquellas personas hubieran viajado miles de kilómetros para emigrar o hubieran permanecido en su pueblo, en sus tierras y casa familiar. Todos, absolutamente todos, poseían una historia con mayúsculas que contar. Con ellos los riachuelos eran océanos de aventuras, los gorriones se hacían fastuosos ave fénix, las calles del pueblo se tornaban en escenarios de heroicas batallas y los árboles escondían secretos inconfesables grabados en sus troncos. Todo cobraba una desmedida e irresistible intensidad.

La vida de aquellos mayores era una vida con huella indeleble. Literalmente, las huellas quedan cuando mantenemos la suficiente presión en el mismo lugar durante el suficiente tiempo para que quede marcada en la superficie y permanezca. Las huellas que presenciamos tienen el encanto secreto de lo que se mantiene con el pasar de los años, de la admiración de lo que queda porque es robusto, de la magia de lo que estuvo en el pasado y continúa en el presente, de la certeza de lo que sabemos que en el futuro nos sobrevivirá. Las vidas con huella son hijas de un vivir a pasitos cortos pero intensos, de una existencia que no tiene prisa y que se detiene en las cosas de apariencia nimia para presenciar la riqueza escondida en sus detalles.

Las vidas con huella no necesitan tener experiencias ni mucho menos que se las compongan desde fuera, porque ellas mismas son la experiencia, que llevan consigo allá donde estén. En las vidas con huella todo se dilata a base de calma y contemplación, y con esa calma y contemplación se procuran ese espacio necesario para crear su propia narrativa de vida, única, inimitable, esa que hace que cualquier cosa que parece ordinaria a simple vista, contada por ellos se convierta en un acontecimiento extraordinario capaz de congregarnos a los pies de un sillón.

Una vida con huella es una vida que modela su alma con la pausa del artesano, que posee sus propios tiempos y su propia maduración para resultar en algo único e inimitable que queda grabado en el resto. Dejar huella tiene mucho que ver con amar. Un amor que es un acto voluntario, una decisión consciente de querer las cosas. Un amor que necesita de tiempo y de visitas y revisitas, de repetición continuada para descubrir en cada una de ellas algo más de lo que enamorarse, algún guiño cautivador. En esa permanencia, en ese volver y revolver es donde nace el amor, y desde ese amor quieto y reposado se van moldeando esas huellas que serán indelebles. Solo así se entiende el amor por los pueblos, por las patrias, por los paisajes, por los colores y los olores, por los barrios y vecinos, por los hogares, por los hijos, por los trabajos, por las amistades, …

No se ama lo que no se revisita, no se deja huella si no se ama. Sin amor no hay huella, tan solo un vivir de puntillas. Hoy nuestro reino es el de la velocidad y la novedad, el de la búsqueda desesperada de opciones y de soluciones inmediatas, el del cambio y la alternancia. Imposible vivir con huella donde no hay repetición que se confunde con monotonía, donde la rapidez pierde el paisaje y convierte la velocidad en propio fin en sí misma, donde la espera es pérdida, donde todo funciona a primera vista. Amar requiere una segunda, tercera, cuarta vista y así hasta el infinito porque no se deja de mirar lo que se ama. Qué ciegos somos en pensar que al volver a las cosas dejamos de ver lo nuevo. Es en el volver donde está la novedad. El que vuelve nunca es el mismo, ni tampoco lo es a lo que se vuelve. Pero solo en lo conocido y en el reencuentro continuado nace esa raíz invisible y personal, ese vínculo imperceptible para los otros que nos conecta con aquello a lo que regresamos y a través del que vamos dejando nuestra propia huella.

En esta época donde poco importa la posteridad, aunque se admiren aquellos que dejaron huella, debiéramos recordarnos que los likes que realmente permanecen no están en la red, sino en el corazón de todos aquellos que alguna vez escucharon una historia de esas personas que vivieron dejando huella.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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