Productividad y moral

“Popular, concebida para las masas; efímera, con soluciones a corto plazo; prescindible, fácilmente olvidable; de bajo coste; producida en masa; joven, dirigida a la juventud; ingeniosa; sexy; efectista; glamurosa; un gran negocio.” Así describía en 1957 el artista Richard Hamilton la cultura popular del momento. Más que descripción, hoy podemos calificarla como piedra roseta de nuestra sociedad actual. Tres escasas líneas definen claramente el presente y también buena parte de la moral que impera en nuestros días.

La moral, precepto que distingue lo que está bien de lo que está mal, es construida a través de las herencias de épocas pasadas y las adopciones que se producen de cada momento histórico. De tal punto que la calificación de lo que está bien o mal, de lo que es moral e inmoral mantiene algunas constantes a lo largo de los siglos (no matarás, no robarás, …) mientras que otras son sustituidas por nuevas concepciones provenientes de la época en la que se vive.

La moral es el marco de juego fundamental que define hasta dónde se puede llegar y hasta dónde no, afecta a la libertad individual y colectiva, a la positiva y a la negativa, al derecho, a la convivencia, a la idea de progreso, a la igualdad, y así hasta el infinito. Una moral que surge de un movimiento de ida y vuelta. Primero emerge del momento y de las tracciones sociales más fuertes de la época, y luego es ella la que se convierte en normativa de esas tracciones sociales.

La productividad ha sido desde hace ya más de un siglo una de esas tracciones que ha confeccionado nuestra moral, y que se ha trasladado y acrecentado en estos tiempos. La llegada de la revolución industrial introdujo o más bien identificó el ser productivo con lo bueno, y el no serlo con lo malo. Se es mejor cuanto más productivo se muestra uno. Esa idea perversa y peligrosa caló desde sus comienzos y se perfeccionó para crear alrededor de ella todo un sistema social y una base moral.  Todo ha de ser productivo, el progreso es productividad y quien no es productivo, quien no trabaja o no trabaja lo suficiente, quien no es eficiente, no actúa bien, es inmoral, porque no colabora con el progreso. Esa concepción de lo moral se imbricó aún más en la década de los cincuenta del siglo pasado donde esa piedra roseta de Hamilton nos recuerda que había que producir para la masa y en masa, a corto plazo, de modo efectista y hacerlo con productos que fueran olvidables y prescindibles. Todo ello creó huellas morales sobre las que ahora nos medimos, comportamos y relacionamos. La moral ya no sanciona el ‘resultadismo’ a corto plazo, sino que lo aplaude. La moral acepta decir lo suyo y lo contrario en pocas horas, aunque la hemeroteca lo señale con rubor, porque todo es y debe ser fácilmente olvidable. La moral permite el trazo gordo, el insulto y la convivencia habitual con lo fake y el rumor porque lo primado es el efectismo, el golpe rápido e ingenioso, de corto alcance y prescindible. La moral ya no privilegia lo que perdura, lo viejo, sino lo jovial y juvenil, lo que es nuevo y se renueva de continuo.

En esa dinámica febril y fabril, el corto plazo y el requerimiento de llegar a la masa agudizan la necesidad de producir más, y de hacerlo más rápido y eficientemente. La tecnología de nuestros días lo facilita en mayor medida mientras mantenemos la concepción de lo productivo como lo bueno. El resultado es una moral peligrosa que usa palabras como reciclaje para las personas a las que ve como máquinas, y a las que ya no compara con otras personas, sino con otras máquinas. Una moral que aparta de los márgenes cada vez a más gente, porque ya no vale con trabajar, ni siquiera con ser productivo, sino que ahora hay que competir en el universo de la computadora. Lo que queda fuera de ese universo cada vez más pequeño, no es productivo, no es útil, no sirve, no es bueno. Identificar la productividad con lo bueno, mantener la concepción de la cultura popular de los pasados cincuenta y añadirle la tecnología sin freno conduce a la exclusión de lo más humano del concepto de moral. Las personas sin trabajo son despreciadas porque no producen como se exige, y las ayudas sociales que reciben se convierten en un término peyorativo como es el de subsidio que más tarde se transforma en la coloquial y despectiva ‘paguita’. Las que tienen un trabajo creado con su esfuerzo de emprendimiento son también maltratadas y despreciadas porque se habla de un ‘tejido productivo’ anticuado que debe ser de mayor tamaño y más tecnológico para poder competir y producir más. Los empleados por cuenta ajena se ahogan en una vorágine de formación que ni comprenden ni desean realizar, pero que hacen por el temor a quedarse ‘trasnochados’ en el universo cibernético. Su vida se convierte en una amenaza constante a quedar fuera de juego. Entretanto, la moral se confecciona silenciosamente y marca nuevos límites cada vez más peligrosos. Lo bueno y lo malo juzgado en función de cuán productivo se es lleva a una carrera destructiva que anula al ser humano. Es tiempo de ir al origen, de romper la ecuación de que lo bueno es ser productivo, y de cambiar también lo que entendemos por ser productivo.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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