Los vacíos

Si hay una constante en el ser humano es la huida persistente del vacío. Interpretamos el vacío como la nada, la ausencia, la falta, la carencia, la oquedad, el abismo y la insustancialidad. En el vacío se vaga sin destino con acompañantes que se visten de tristeza, angustia, vértigo o incertidumbre. Un vacío que es inevitable y consustancial al hombre y a su conciencia. De casi inmediato, el ser humano toma conciencia de la vida y de la muerte, del hecho de nacer y de su destino de morir físicamente. En esa conciencia del inicio y del fin se abre un espacio vacío que ya no nos abandona.

El vacío se convierte, pues, en fiel escudero, una sombra perenne que a veces se hace más o menos alargada, pero que siempre está. Nuestra naturaleza quiere revelarse y no hace más que intentar cubrir esos huecos. Un vacío que no solo intentamos rellenar, sino que con el avance de los tiempos hemos querido desplazar del centro de nuestra existencia a la periferia. Un desplazamiento que hoy viene empaquetado en miles de formas, desde la esperanza de vida como indicador de progreso al ensalzamiento de lo juvenil o el  ‘peterpanismo’ social, desde el carpe diem del tiempo presente al universo de los eufemismos que nos evitan nombrar lo innombrable, desde la ocupación extrema a la hiper conectividad, desde el consumo incesante a la fe ciega en la tecnología. Y así podríamos continuar revisando nuestros patrones para descubrir que huimos de los vacíos y caemos presa de un atribulado hacer que deseamos nos impida ver esos huecos. Un intento desesperado de huida y de empuje de ese vacío hacia un rincón oscuro en el que podamos obviarlo. Por eso ya no hablamos de futuro, que en su esencia es vacío, sino que nos enredamos en un presente que volvemos deslumbrante. Ya no nos movemos hacia delante, sino que nos movemos muy rápido pero en círculo, regresando a los mismos lugares para no mirar frente a frente al vacío.

El mundo de antaño reservaba un espacio central de su existencia al vacío y, más en concreto, a lo sobrenatural, a aquello que no se comprendía, recordaba Simone Weil. No solamente se aceptaba, sino que se convivía alrededor de ello. El vacío de lo desconocido y de lo indominable ocupaban la centralidad, y el ser humano orbitaba a su alrededor. Y en esa centralidad y aceptación se habitaba con los huecos que toda existencia y todo movimiento humano crean en su inercia.  

El vacío pasaba a formar parte normal de la vida, mientras que la aceptación de que hay cosas de improbable explicación era la tónica. Así se producía una relajación y una liberación cierta de la angustia del existir. En cambio, intentar relegar ese vacío, llevarlo de la centralidad a la periferia, ha creado la vana esperanza de su desaparición. El hombre y su consciencia se autoengañan pues saben de lo inviable de su idea, así que esa relegación de los vacíos y esa negación ciega no hace más que darle una presencia más inquietante y angustiosa, una sombra acechante que cuando aparece nos derrumba, y cuando no lo hace, nos hace vivir en la prevención más absurda y estéril.

Estado, ciencia y tecnología han sido por este orden los sustitutos que nos hemos ido dando irremisiblemente a lo largo de los últimos siglos para llenar los huecos y arrinconar los vacíos. Y con ello hemos olvidado que lo único que realmente estamos arrinconando es al propio ser humano, en lo que tiene de Ser y en lo que tiene de humano. Es en la aceptación y centralidad de esos vacíos donde el hombre adquiere su verdadera dimensión, donde proporciona sentido a su existencia porque es capaz de trascender, donde en su reconocimiento de ceder el centro se hace más humano hacia sí, hacia los demás y hacia la naturaleza. Allí, en esos vacíos, es donde se produce el arte y la cultura, donde las personas crean su propia narrativa e historia. Lo contrario es la sumisión a la herramienta, hoy a la tecnología, ayer a la ciencia, antes de ayer a la burocracia. Y en esa sumisión quedamos reducidos antes a un factor de producción y ahora a esclavos de los algoritmos. Un ser humano que ya no es ni ser ni humano, que no tiene presente ni futuro, que no crea historias por las que vivir y que contar.

Y es que borrar falsamente los vacíos inexplicables de nuestra existencia acabará convirtiendo la propia vida en un vacío insoportable. Conviene preguntarnos dónde queremos situarnos nosotros y a nuestros vacíos en los tiempos venideros.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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