La sumisión silenciosa

La existencia del ser humano solo puede entenderse como una constante búsqueda de equilibrio entre libertad y sumisión. A cada espacio de libertad ganada le aparece una trastienda oscura de sumisión, a veces de más superficie y a veces de menos. Penetramos en ese espacio tenebroso bien por nuestros temores a sentirnos absolutamente responsables de nuestra existencia (aquel miedo a la libertad que proclamaba Fromm), bien porque poseemos una inclinación surgida de la mezcla de tendencia natural y experiencias pasadas en forma de creencias, o bien porque la situación externa a nosotros nos fuerza a ello, a pesar de que siempre nos quede esa libertad interior que proclamaba Frankl.

Nuestro exterior, nuestra sociedad y nuestros sistemas crean en sus movimientos continuados nuevas ventanas de libertad y nuevas trastiendas de sumisión. El no saber, el desconocimiento, es una de ellas. Ya hace más de cien años, Marx afirmaba que la maquinaria de la burocracia se apoyaba en el secreto y el misterio, en lo no conocido, para extender la sumisión sobre las personas. Hoy la máquina de la burocracia ha dejado su espacio a la máquina de la especialización. Cada tiempo tiene su opresor silencioso y el nuestro ha coronado al especialista. El experto se transforma en referente, en tótem indiscutible de su materia, pide y exige respeto, denuncia cualquier otra opinión como intrusa y exige conocimiento por igual en la materia para quien desee debatir con él. Y para no perder su estatus, necesita que ese conocimiento sea inaccesible y al alcance de muy pocos. Esto le transfiere el poder de lo insustituible, de lo único y de la referencia frente a la gran masa que se muestra ignorante y sumisa ante lo especializado.

El problema es que esa dictadura del conocimiento vertical frente a lo horizontal ha convertido a la sociedad en una amalgama de especialistas que, como recordaba Simone Weil, poseen conocimientos impenetrables para los profanos en su campo, pero se convierten también en profanos cuando salen de su espectro de especialización. De esta forma, el desconocimiento se extiende por toda la sociedad, el no saber es la moneda de cambio, y todo ello nos convierte en sumisos. Los científicos son sumisos cuando intentan llevar sus conocimientos al mundo real fuera de los laboratorios porque no conocen el funcionamiento de la sociedad que necesita de sus expertos. Los sociólogos y antropólogos son sumisos porque desconocen fundamentos científicos que les permitan valorar opciones diferentes. Los políticos son sumisos cuando han de tomar decisiones sobre la sociedad porque son profanos de la ciencia y profanos de lo social.  

En esta dinámica envenenada donde solo nos sentimos libres en nuestra especialidad, volvemos a refugiarnos en ella de la intemperie del no saber, y levantamos aún más murallas que acrecientan ese círculo vicioso donde todo el mundo se siente incapaz e impotente más allá de su espacio, donde las personas sentimos el peso de la pequeñez fuera de nuestro ámbito de especialista y donde las relaciones que se establecen son de incomprensión, recelo y enfrentamiento porque a ninguno nos gusta ser sumisos.

La sociedad de los especialistas es una sumisión silenciosa en la que nadie, independientemente de su estatus y su poder económico se encuentra libre de ella. En un mundo de silos hay más desconocimiento expandido, y ese desconocimiento nos afecta a todos y a todos nos encadena. Los intelectuales, esos intrusos que viven en un exilio autoimpuesto como los definía Edward Said, están hoy más exiliados que nunca, porque son vistos por los especialistas como auténticos intrusos a los que se fulmina con el expertise y el dato. Pero es el intelectual quien tiene la osadía de saltar de un silo a otro y encontrar en esos lugares vacíos las claves para ser un poco más libres y menos sumisos, para ampliar nuestro espacio de libertad más allá de la especialización. Necesitamos a los intelectuales y a los divulgadores para liberarnos de las cadenas silenciosas de la hiper especialización y el desconocimiento extendido. Mientras tanto, seguiremos en una sumisión silenciosa.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s