Lo intermedio

“Visite nuestro ambigú”. No hace ni cincuenta años los cines contaban con un tercer actor, aquel ambigú donde se conversaba y discutía de significados e impresiones vividas en la primera parte de la película, mientras el proyector se afanaba por colocar un nuevo rollo de celuloide para dar paso a la segunda mitad del largometraje de turno. Era lo intermedio, el espacio entre una parte y otra, el intercambio de impresiones que equilibraba nuestras opiniones sobre lo visto, que nos predisponía a ver detalles escapados en esa segunda mitad.

Hoy ya no hay rollo que cambiar porque vivimos en la idea de que todo es un continuo, y en esa continuidad, nada resulta intermedio. En el continuo no hay destino ni salida, inicio ni fonda, puntos cardinales de los que emerge lo intermedio. Lo intermedio es el lugar donde se hace la travesía, pero todo viaje requiere de coordenadas de partida y de llegada que nuestros tiempos han borrado. En el continuo sin destino ni fin, solo caben asentamientos y posiciones débiles, inanes y enanas que han de mostrarse en permanente y rápido movimiento para disimular esa enanez y esa debilidad. La polarización y el extremismo de nuestros días son la manifestación cosmética de un juego superficial que crea realidades banales y artificiosas. Esos extremos de maquillaje resultan en su forma y fondo tan similares que no dibujan siquiera dos lugares, un todo y la nada, sino que son la misma cara de una misma moneda, un ‘todos son iguales’ generalizado que achica los espacios para lo intermedio, porque si todos son iguales, nada es diferente, y si nada es diferente, no hay distancias que cubrir ni tampoco un intermedio.

Y en ese proceloso mar que ya no es travesía porque no encuentra costas entre las que transitar, todo se transfigura en aguas revueltas que parecen infinitas e inabordables, en reino de la artimaña y lo desigual, en economía de lo asimétrico donde unos poseen mucho y otros poco o muy poco. Hoy lo intermedio se ausenta ante la falta de coordenadas profundas y no superficiales que establezcan posiciones de referencia. Sin ellas y sin lo intermedio, la desigualdad se acentúa y la prosperidad se queda en unos pocos bolsillos. Sin ese intermedio, nuestros trabajos solo sirven para sobrevivir porque no hay trayecto que recorrer, no hay puentes que cruzar, esos que solo puede tender lo intermedio. Sin lo intermedio no tenemos redes de seguridad, las caídas son abruptas y los entendimientos imposibles. Sin lo intermedio todo es batalla estéril e infructuosa, un combatir a oscuras y sin propósito o peor aún, un dejarse llevar resignado y triste. Cuando desaparece lo intermedio todo es censurable y nada lo es, todo es definitivo y nada termina, todos es cambio y nada cambia. En un mundo sin intermedio todo es exasperante mientras se demanda una resistencia infinita.

Lo intermedio es, por contra, sosiego y perspectiva. Es un lugar construido con los cimientos de la mesura y un tiempo gobernado por la espera. No es interrupción ni fastidio, ni tampoco cosa anodina. En él nada parece pasar, pero todo pasa.  Lo intermedio une y paradójicamente, acorta las distancias. Es nuestra zona común de la comunidad, allí donde todos podemos convivir y encontrarnos, subir y bajar, ir y venir, pero siempre con la tranquilidad de pertenecer y sentirnos protegidos. En lo intermedio se coopera y en su ausencia se combate. Lo intermedio cementa las vías por las que circula lo común que nos otorga sentido. Lo intermedio deja sin sentido la fútil y tramposa equidistancia y las asimetrías injustas. Prosperidad e igualdad emanan con fuerza en las sociedades que logran crear un intermedio vasto y amplio en el que quepan el mayor número de personas y de circunstancias. Lo intermedio construye los peldaños sobre los que las personas ascienden en el edificio de lo social, y sus escaleras son anchas para dar cabida a cuantos más mejor. En lo intermedio debe residir nuestro futuro. Pongámonos a edificarlo.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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