El gran trampantojo

Trampantojo: “Ilusión óptica o trampa con que se engaña a una persona haciéndole creer que ve algo distinto a lo que en realidad ve; especialmente, paisaje pintado en una superficie que simula una imagen real.” Eran las once y media de la mañana del día veinticinco de agosto, pero según lo que leo y me cuentan, nada ha cambiado. Aquel paseo por la Gran Vía fue extraño y contradictorio, de desolación y de esperanza, de conciencia de los excesos y de purgatorio cruel, de tristeza del fin y de ilusión de comienzo, pero curiosamente, sin ápice de nostalgia ni menos aún melancolía. En mi retina y en mi recuerdo aún seguían ancladas bien firmes las imágenes capturadas día sí y día también de calles repletas cuando trabajaba por allí en los años noventa (del siglo pasado). Hoy se divisan persianas bajadas que ya no despiertan con la mañana, hoteles donde ya solo duermen fantasmas del pasado y aceras tan anchas como desiertas.

Y es que si algo refleja la Gran Vía madrileña de estos días es la inevitable sensación de trampantojo. Un gran trampantojo, una ilusión o un engaño en el que nos dejamos llevar más o menos conscientemente, más o menos arregañadientes. Un paisaje pintado que se hace deleble con el pasar del tiempo, una simulación de la imagen real en la que nos desempeñamos y habitamos durante décadas, tan frágil como el cartón piedra de aquellas ciudades de las grandes producciones hollywoodienses. El bullicio, el movimiento continuo, la concentración, el ocio confundido con el consumo, las marabuntas hiper concentradas, las terrazas extendidas silenciosamente para confundirse falazmente con la idiosincrasia de una calle, de un barrio, de una cultura. Todo, absolutamente todo, era también trampantojo desaparecido con los primeros vientos fuertes. Siquiera nuestros yoes eran más que carcasa y superficie, extras que se pensaban protagonistas en ese escenario de masas indistinguibles donde todos éramos tan supuestamente únicos como prescindibles.

En el trampantojo nos pensamos falsamente libres, hasta que paramos ese movimiento indefinido solo unas cuantas semanas (qué son esas semanas en la vida de un ser humano y cuánto representan en un mundo tramposo) y nos comprobamos al socaire del cierre de las persianas, de las camas de hoteles vacías, de la amenaza y realidad del desempleo disparado, del temor a no poder sobrevivir. Qué equilibrio más endeble, qué libertad más abstrusa. Pasar de lo superfluo y despreocupado al temor a la supervivencia en un par de quincenas.

En el trampantojo había que tener para encajar, no era posible estar ni ser sin tener. Tener para disfrutar el dudoso privilegio de forma parte de la escena, de hacerlo como un extra indiferenciado al que se le prometían sus segundos de gloria. Trabajar para poder consumir, consumir para poder tener más, tener más para ser más, ser más para no salir de escena. Nos convertimos sin darnos cuenta en modernos esclavos, muy modernos pero muy esclavos. Camuflados en el individualismo y en el ‘depende de ti’, nos transfiguramos en nuestros propios explotadores encadenados a la exigencia de tener más para poder ser más y asegurarse un mejor lugar en el trampantojo. Una forma de existir envenenada que, como Saturno con sus hijos, ha terminado por devorarnos. Al primer embate se ha diluido la ficción de lo infinito, de las manos invisibles que todo lo regulan, mientras los más ciegos ansían una vuelta atrás.

Cuando el rodaje se para, el trampantojo se vacía y nosotros nos llenamos de lógica angustia, de indefensión, de rabia y decepción cuando comprobamos que tras él se encuentran la nada y la ausencia. Lo desinhibido deja ahora paso al dolor y a la pesadumbre, a esa resacosa sensación de fin de fiesta, de platos rotos y salón desordenado donde poco parece aprovechable, y en el que darle orden se presenta como tarea ingente para la que nos sentimos exhaustos.

El descubrimiento del trampantojo, del truco y de la trampa acarrea dolor y sufrimiento, pero supone el primer e inevitable paso para crear algo nuevo más humano y real, más cercano y afectuoso, más de ser y menos de tener. En la virginidad de estos momentos inciertos conviven la ilusión y el temor, la esperanza y la angustia, pero son los únicos que nos ofrecen la posibilidad de redefinirnos (que no reconstruirnos). Caído el trampantojo, toca escribir un nuevo guion.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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