Reservado a la ternura

Tomó su teléfono móvil y acarició con dulzura la pantalla que le devolvió el gesto con la calidez que solo pueden brindar unos píxeles de extraordinaria definición. Al acercarse a la cocina, la voz envolvente del asistente virtual le arrulló con un cándido buenos días mientras un emoticono asomado por la notificación del Whatsapp le trasladaba toneladas de cariño y afecto. Mientras desayunaba, se asomó a los titulares del día para comprobar qué nuevos acuerdos habían alcanzado ayer los distintos partidos políticos. Una ojeada rápida porque su tiempo disponible para leer era escaso. En breves minutos comenzaría su reunión de Zoom donde disfrutaría de una buena colección de monólogos de los asistentes porque en el fondo ¿quién desea conversar cuando se puede escuchar a sí mismo? Se vistió con lo primero que encontró en el armario dado que hoy tampoco saldría de casa. Pediría una de esas comidas a domicilio hechas a fuego lento, con pausa y sosiego. Antes de comenzar su reunión, abrió las ventanas del salón para ventilar y recibió con alborozo el rugir inspirador de motores y música atronadora que salía del interior de cientos de vehículos que habían vuelto a la vida tras unos meses aletargados.

Tan real como cualquier día a día. Nuestra vida apenas ya reserva tiempo para la ternura. No solo convivimos con máquinas, sino que nosotros mismos hemos transformado nuestra existencia en algo maquinal. Hemos construido una sociedad hosca y ruda, de exabruptos y distancias, de agresividad y mala educación, de frialdad y practicidad, de superficie rugosa e incómoda donde la prisa, esa gran enemiga de lo tierno, ha inundado todos los espacios de nuestro hábitat.

La ternura requiere de una quietud que nos negamos repetidamente. Es de esa quietud y de esos espacios habitados por la ternura de donde surgen la dulzura, la delicadeza, el afecto, la amabilidad y el cariño puro. La caricia, prima hermana de lo que es tierno, necesita de detenimiento para apreciar y sentir con intensidad los detalles que permanecen tristemente ocultos a quién se enreda en lo veloz. La ternura reclama volcarse totalmente en lo que se mira y se toca, salirse de nuestra egolatría carcelera para darse a lo que tenemos ante nosotros. La ternura nos predispone a ver lo bueno que hay en las cosas, a buscar y sacar brillo a lo bueno que hay en nosotros y en los demás. La ternura reivindica la paciencia para ser comprendida en toda su dimensión. Nos humaniza y aleja el lado más salvaje y despiadado del hombre.

La ternura demanda formas y modales que delimiten espacios comunes y compartidos por todos, que no sean discutidos sino apreciados y queridos. Solo desde lugares que nos son comunes podemos iniciar el acercamiento que lleve a mirarnos y entendernos con la tranquilidad y confianza que anteceden a lo que es tierno. Reservar un lugar para la ternura es reservarnos un lugar para nuestra humanidad. Sin ternura somos poco más que esas máquinas que no pueden ofrecer calidez en sus píxeles, ni una voz cándida y arrulladora, ni el afecto y el cariño de un rostro sonriente y de unos ojos brillantes. Sin esa ternura no hay acercamiento sino distancia, no hay acuerdos que leer en los titulares sino pura beligerancia y rudeza, no hay conversaciones sino monólogos, no hay más que ruidos ensordecedores tras las ventanas.

Ningún futuro puede ser peligroso si nos abrazamos a la ternura. Qué gran momento para reservarle su espacio.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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