El descaro

Hubo un tiempo en que el descaro tenía, por ser excepción, un cariz simpático. Gozaba de cierta tolerancia y comprensión, e incluso era considerado cualidad deseable en determinadas circunstancias. Un descaro que matrimoniaba con el atrevimiento, que se reservaba para unos pocos valientes dispuestos a mostrar una disonancia fuera de lo común. Un desafino a la postre admirado en muchas ocasiones. Era su poca habitualidad, su excepcionalidad, lo que le proporcionaba ese halo de ‘aire fresco’, lo que le investía de una cuasi necesidad existencial para poder expandir nuestros límites, romper barreras y generar cambios. El descaro retaba, desafiaba, colocaba el statu quo en tesituras desconocidas y, en no pocas ocasiones, lo empujaba a remozarse y refrescarse.

Aquel descaro fuera de lo común nos mostraba que otras realidades eran posibles, abría nuestras mentes, ayudaba a comprender y entender a los que estaban en otras situaciones, y nos impulsaba a replantearnos lo establecido y su significado. Empero, el descaro hoy ya no es lo excepcional ni lo fuera de lo común, sino puramente lo común, o más bien, lo más común. Como ese orballo que va calando poco a poco, el descaro ha ido penetrando en nuestra forma de estar socialmente hasta convertirse en cotidianeidad. Y entonces el atrevimiento ya no es atrevimiento sino desvergüenza, la osadía deseable ya no es osadía ni deseable sino irrespetuosidad e insolencia y aquel ‘aire fresco’ se ha transformado en una atmósfera pútrida.

El descaro de antaño no solo llevaba impreso el atrevimiento, sino la responsabilidad de sus consecuencias, el compromiso con sus actitudes. El descaro extendido de nuestros días resulta en lo contrario, en una elusión de esa responsabilidad, en un adiós al comprometerse. Llevado a lo común, el descaro dibuja la realidad con trazo grueso, vasto, vulgar y compone su banda sonora a base de estridencias. Pero con fecha de caducidad inmediata que convierte todo en efímero, deleble y olvidado a las pocas horas o minutos. Aquel “estos son mis principios y si no le gustan tengo otros” hace tiempo que dejó de ser algo cómico para reivindicarse como forma de vivir, o más bien de sobrevivir. Las hemerotecas ya no retratan a nadie porque el descaro llevado a lo común nos ha vuelto tan dura la epidermis que apenas nada cala ni traspasa. El “donde dije, digo” no como cambio de opinión meditado y profundo, sino como táctica de supervivencia continuada es hijo directo del descaro, y apenas nos sobresalta.

El descaro como forma de vivir hace defendible lo indefendible, justificable lo injustificable, y en ello se va desaguando la moral, el discernimiento de lo que está bien o lo que está mal. Eso que surge tácitamente en nuestro interior y se acuerda explícitamente en nuestra sociedad, nada más y nada menos que lo que define lo que está bien o mal, se extravía cuando el descaro se hace moneda común. Rotos esos fundamentos, todo puede ser dicho y todo puede ser violentado, normas, leyes, convenciones se resquebrajan bajo la desobediencia que ampara el descaro. Lo anormal se transforma no en normal, sino en habitual, y la convivencia se transfigura en campo de batalla para defender lo que hasta hace poco era de sentido común.

Pero no puede existir sentido común si lo único común que ahora tenemos es ese descaro que todo lo carcome. El descaro hace fácil la predicción porque el error apenas conlleva ni siquiera un bajar la mirada. Legitima lo suyo y lo contrario salido de la misma boca con tan solo días u horas de diferencia. Sustituye el arrepentimiento y la vergüenza por el ‘y tú más’ y por el ‘todo el mundo lo hace’. Convierte todo en relativo porque niega el acuerdo sobre lo que ha de ser absoluto e indiscutible. Riega las circunstancias de tantos matices y complejidades que lo más nimio se convierte en jeroglífico e indescifrable.

Cuando el descaro se extiende como virus por todos los lugares, la decadencia llama a las puertas. Nada que como humanidad no hayamos vivido ya en otras épocas pasadas. La historia tiene la buena y la mala costumbre de repetirse, y el descaro no es la primera ni última vez que reina en las sociedades. E igual que vuelve, también se va. Seguro que la decencia está ya en puertas.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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