El mundo sobreexpuesto

A veces, la publicidad, queriendo o sin quererlo, consigue definir en pocas palabras el estado de una situación con una exactitud prodigiosa. Viene esto al caso porque existe una frase muy típica que aparece recurrentemente en la publicidad exterior cuando su espacio no es ocupado por empresa alguna. Es ese ‘Si no te ven, no existes’, que lejos de quedar encerrado en el marco de cualquier soporte en el metro o en una parada de autobús, se ha convertido en auténtico epítome de nuestra época actual. Nuestro mundo ha establecido una perniciosa ecuación por la que iguala peligrosamente el concepto de existencia con el de visibilidad.

Si no somos visibles, no existimos. Si queremos existir, hemos de ser visibles. Dicho así en crudo, resulta difícil de digerir pero, tristemente, se ha convertido en uno de los principales mandamientos de la sociedad actual. La visibilidad no ya solo como fin, sino como mera supervivencia. Miles y millones de personas, de negocios, de propuestas, compitiendo ferozmente por asomar la cabeza a los diez primeros resultados de búsqueda. Lo que propones poco importa si no posees visibilidad. Tu profundidad, tus conocimientos, tus habilidades, tus sensibilidades son irrelevantes si no eres visible.

La casa por el tejado. Primero la fachada, ¿y los cimientos?, pues ya veremos. Poco importa lo que tengas que decir si nadie va a verte o escucharte. Invertidos los papeles lógicos, la existencia ya no depende de lo que aportemos, sino de lo visibles que seamos. Y en esas, el prefijo ‘sobre’ deja de representar lo excesivo para convertirse casi en un estándar. ¿Quieres reinventarte? Has de sobreexponerte. ¿Quieres dar a conocer tu obra? Debes sobreexponerte. ¿Quieres un trabajo? Necesitas sobreexponerte. La sobreexposición sí que lleva años siendo la nueva normalidad. La sobreexposición, que antes representaba un defecto por exceso, transformada en triste virtud.

Vivimos en una incesante búsqueda de excusas y motivos para permanecer visibles, y esto nos deja exhaustos y vacíos. Ahora contamos a todos los vientos los mil diplomas conseguidos, nos felicitamos por lo buenos que somos unos a otros, nos recomendamos los comentarios cuyas contestaciones volvemos a recomendar… Este loco mundo pierde la perspectiva de lo importante por permanecer siempre expuesto. ¿Porqué? Porque si no nos ven, no existimos. Y qué difícil es salirse de esa ecuación cuando hemos hecho depender nuestra supervivencia de esa visibilidad.  Si no te ven, no existes… ni tampoco sobrevives.

Pero la sobreexposición construye un mundo frágil y endeble, porque todo queda convertido en fachada, en un cartón piedra ficticio que apenas se mantiene al primer embate. Hemos creado un mundo que requiere estar en continuo movimiento, en un permanente refresco para actualizarse y mantenerse vivo. Un mundo donde si te paras, te caes y desapareces. Un mundo que nos genera adicción. Y en esa dinámica, todo vale entonces con tal de que nos vean. La visibilidad como fin alimenta lo antiético, el estar ‘encima’ y ‘no al lado de’, los negocios lucrativos que privilegian el presupuesto económico para ser visto frente a otras capacidades y alumbran más desigualdad. La visibilidad como objetivo final pervierte nuestra identidad, la de todos. La sobreexposición conduce irremisiblemente a la vulgaridad porque es la única que puede atraparnos en milésimas de segundo, que es el tiempo de gracia máximo que estamos dispuestos a conceder a las cosas.

La sobreexposición nos vuelve superficiales, nos entontece y convierte en sombras de lo que realmente somos, en seres obsesivos que solo piensan en estar un puesto más arriba y que, sin darse cuenta, se abocan a la angustia y a la ansiedad de intentar controlar aquello que es incontrolable, que depende del capricho de las personas o, lo que es peor, de los algoritmos de una máquina.

Todo lo que se antecede de ‘sobre’ está ligado al exceso, y jamás puede ser visto como virtud. El mundo sobreexpuesto no es un mundo virtuoso sino enfermo. Más nos valdría que nuestra futura normalidad fuera definida por el ‘Si no existes, no te ven’. A tiempo estamos.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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