La ingestión de lo imposible

Pocas cosas nos resultan tan difíciles de aceptar y digerir como la existencia de lo imposible. Lo imposible resulta impredecible e inmanejable, cuestiones que horadan directamente dos de los pilares del hombre moderno cuales son el afán de conversión de todo suceso en predecible y la ilusión de la gestión. La sociedad actual dibuja una idea de mundo perfecto donde cualquier acontecimiento debe y puede ser anticipado y, como consecuencia, ha de y debe ser manejado y gestionado sin mayores problemas. Todo lo que extralimita este marco de pensamiento se nos vuelve indigesto. La ingestión de lo imposible, curiosa paradoja, resulta en sí misma también imposible.

Lo imposible adolece de explicación, es ese eslabón que siempre se pierde y que no se sabe de dónde surgió y cómo se transformó, ese muro de piedra que afirmaba Einstein topar cuanto más profundizaba en los conceptos de espacio, de tiempo y de cambio. La maravillosa osadía del ser humano le lleva a introducirse en campos inexplorados para ir ganando terreno a lo imposible, para ir derribando muros. Y en esa inercia, confunde el derribar muros progresivamente con la esperanza de alcanzar un lugar definitivo donde ya no existirán esas barreras, donde ya no se nos presentará nada como imposible. Sin embargo, el derribar un muro no hace sino mostrarnos otro, y luego otro, y después otro. La lucha contra lo imposible se convierte entonces en algo titánico y estéril, al estilo de un moderno Sísifo que sube la ladera para volver a bajarla y subirla de nuevo en movimiento infinito.

La aparición de lo imposible proviene de la infinidad ángulos muertos que posee el mundo y el universo en sí mismo, y nuestra respuesta es modelizarlo para hacerlo predecible a la siguiente ocasión. Derribamos un muro, pero aparece otro ángulo muerto que abre otro muro imposible. Y así ad eternum. Y en el imposible, sustituimos su digestión y aceptación por la gestión irredenta. Con nuestras armas conocidas nos adentramos en lo desconocido para descubrir que lo imposible resulta inmanejable. En ese ejercicio vano, azuzamos el riesgo de crear un peligro aún mayor. Enzarzados inútilmente en la gestión de lo imposible, olvidamos lo más importante, que es gestionarnos a nosotros mismos como sociedad e individuos ante ese imposible. Frente a la ingestión de lo imposible, oponemos su inútil gestión. Terminamos por provocar un nocivo efecto secundario de mayores dimensiones que el proveniente del propio hecho imposible.

Lo comprobamos todos los años en cientos de catástrofes imposibles de predecir en las que, a la devastación que lo acompaña, le sobreviene una aún mayor por el olvido del ser humano de gestionar lo único que puede, su reacción ante lo imposible. Ingestión de lo imposible y gestión de nuestra reacción es fórmula que a menudo confundimos con gestión de lo imposible e ingestión de nuestras reacciones. Equivocarla nos lleva a errar el tiro, a sumergirnos en luchas intestinas y fratricidas que agrandan el problema inicial y lo elevan a cotas inimaginables.

La ingestión de lo imposible conduce a la aceptación, y la aceptación invita a la construcción de un futuro. La gestión de lo imposible, por el contrario, nos sume en la resignación, y la resignación nos sumerge en la parálisis. Solo desde la aceptación comenzamos a movernos hacia el futuro y gestionamos nuestro presente. Desde la resignación, en cambio, nos enredamos en nuestro presente y perdemos la perspectiva del futuro.

Como en tantos otros tiempos, hoy nos toca vivir con lo imposible y gestionar nuestras reacciones, que es lo único posible.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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