Tele-evidentes

Tanto como el título de este artículo. Somos la sociedad de la evidencia. Lo insinuado, lo dicho sin decir, lo que se ve sin ser visto, lo que se percibe sin estar, ya no está en nuestras coordenadas sociales. Si acaso quedan solo ejercicios de retórica imbricada y complicada más dirigidos al lucimiento de quien los ejercita que a quien los recibe y debe descifrar sus mensajes. Boutade en un mundo entregado en cuerpo y alma a la literalidad. En un universo donde no se soporta la incerteza y lo relativo espanta, la evidencia es el antídoto ansiado. Emitir, contar y decir aquello que no deje la menor duda, ese es el objetivo. La obsesión por transmitir las cosas como son es la manifestación más clara de la lucha contra la posibilidad de que las cosas fueran como cada uno las percibe. En esa lucha por evitar percepciones particulares y relativismos, se sirve todo en crudo, sin dobleces, tal cual es. Se disfraza de realismo, de veracidad, de objetividad.

La ironía se transmuta en ofensa, los dobles sentidos llevan aparejados la mácula de la ocultación y nos convierten en sospechosos cuando los usamos. La evidencia se ha convertido en la censura de nuestros tiempos. Una censura paradójicamente no evidente, invisible pero cruel, que deshumaniza, que nos convierte en seres mucho más primitivos. En aras de facilitar la comunicación y el entendimiento, nos cercena y limita al achicar nuestros espacios de expresión, nuestra imaginación y nuestra capacidad de abstracción y, por tanto, de interpretación. A mayor evidencia, menor facultad interpretativa de lo que nos rodea, y menor posibilidad expresiva de lo que sentimos y somos, elementos fundamentales para una buena comunicación.

La evidencia, hoy más tele y cíber que nunca, embrutece y nos denigra. Nos envuelve en lo masificado y nos polariza. Ahora ya no se enfrentan puntos de vista, sino evidencias. En el momento en el que identificamos nuestra opinión con lo evidente y absoluto, ya solo cabe la adscripción ciega o el destierro. Y así, la evidencia termina por ser una de las causantes de los bandos, del ‘conmigo o contra mí’, de lo irreconciliable.

Es lo no evidente, lo sugerido, lo que nos incita a pensar un poco más allá, a ponernos en el lugar de otros, a ocupar lugares que jamás imaginamos, y a percibir los acontecimientos desde otra perspectiva. Solo desde lo que se insinúa se abre la puerta a la empatía hacia otras situaciones, otros pensamientos, otros sentimientos. Solo desde lo sugerido se conoce la realidad con todas sus aristas y complejidades. Lo evidente que presume de veraz es precisamente la visión más sesgada y limitada de lo real. Lo absoluto de lo evidente es la dictadura encubierta que nos somete y cercena nuestra libertad. La evidencia proclamada aliada principal de la transparencia nos sitúa bajo su égida y nos engaña proclamando que solo la evidencia es transparente, y solo la transparencia es lo que nos libera. Lejos de ello, evidencia y transparencia son falsas igualdades. Lo evidente oculta todo aquello que no se ve, que es mucho más que lo que puede ser visto, y se convierte entonces en una transparencia limitada y manipulada.

Si lo esencial es realmente invisible a nuestros ojos, la evidencia se aleja de esa esencia porque solo muestra lo visible, y deja de comprender la totalidad y la esencia del ser humano, al que encierra en su parte más primitiva, esa que es puramente superviviente, instintiva y emocional. Una sociedad que vive en lo evidente es una sociedad que involuciona. Nada nos hace más humanos que la ironía, el doble sentido y lo insinuado. Nada facilita tanto el acuerdo como comprender lo relativo de la realidad frente a lo falso absoluto de lo evidente.  

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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