“Irreconciliados”

No existe, no la hallaremos en ningún diccionario de la lengua española. Y, sin embargo, no encuentro vocablo mejor, aunque inventado, para definir una de nuestras formas de estar y existir como sociedad. En nuestro mundo actual no gustamos de admitir que algunas cosas puedan ser irreconciliables. No admitimos que dos partes no puedan ponerse de acuerdo porque entendemos la voluntad de acordar y de ceder como una característica intrínseca de nuestra evolución como seres humanos. Así que nos encontramos en una permanente negación de la existencia de cosas irreconciliables pero, de facto, tropezamos diariamente con serias dificultades para conciliar muchas circunstancias. El resultado es esa palabra inexistente, ese “irreconciliados” que define un estado en el que no vislumbramos la reconciliación entre dos cuestiones, pero que consideramos transitorio porque no admitimos que puedan ser irreconciliables. De esta forma y en esa esperanza, andamos siempre en busca de soluciones que no terminamos de definir, y lo hacemos desde una misma perspectiva, puesto que hacerlo desde otra sería reconocer la incapacidad de reconciliarlas.

El resultado de todo ello es la frustración generalizada, el remordimiento y el reparto de culpas indiscriminado. El problema fundamental emerge cuando nuestro funcionamiento social crea tesituras donde hemos de conciliar dos cuestiones en las que una de ellas no puede existir sin la otra. Se establece entonces una relación de dependencia encubierta en la que una de ellas resulta irrenunciable. De esta manera, la conciliación se convierte en claudicación de una parte sobre otra mientras se continúa proclamando la necesidad de esa conciliación. Y con ello, nos situamos en ese estado permanentemente “irreconciliado”, incómodo, frustrante y cargado de remordimientos.

Nos autoengañamos cuando hablamos de presuntas conciliaciones que, en realidad, suponen irse a uno u otro extremo. Así, dejar a nuestros hijos desde ocho de la mañana a siete de la tarde en colegios y actividades mientras se trabaja no es conciliar, sino abandonar la vida familiar.  El ser humano moderno es concebido fundamentalmente como un factor productivo más, y como tal, ha de producir para sobrevivir. Y esa supervivencia es cada vez es más costosa, por lo que un día o una hora sin producir amenaza nuestra supervivencia. Atenazados ante ese temor a no poder procurarnos la supervivencia, fin primario de cualquier especie, todo queda supeditado a ella y, por tanto, la conciliación es papel mojado. Entonces buscamos soluciones cada vez más costosas para poder dejar a nuestros hijos en las mejores condiciones dentro de las peores que ya viven (nuestra ausencia del hogar), y eso alimenta aún más nuestra dependencia del trabajo porque aumentan nuestras necesidades para mantener esas prestaciones que consideramos ya imprescindibles. Un círculo vicioso que se hace aún más complejo e imbricado cuando los reconocimientos sociales se ligan a lo visible y a lo material, al sueldo y al cargo desempeñado. Todos ansiamos un cierto reconocimiento, y el trabajo resulta la manera más entendible y directa de lograrlo. Finalmente, nuestro sistema camufla todo ello con la libertad de decidir lo que queramos. Una libertad falsa porque nos vemos obligados a sobrevivir, y porque somos fundamentalmente integrados y reconocidos socialmente a través del trabajo. Se nos invita a conciliar y a reconciliar lo que resulta irreconciliable. Y entretanto, seguimos empeñados en soluciones estériles dentro de nuestro estado “irreconciliado”. Para reconciliar las cosas hemos de situarlas al mismo nivel, no en un nivel de dependencia. La sociedad ha de procurar otro lugar para el ser humano, lejos de su entendimiento como factor productivo, y romper la equivalencia trabajo igual a supervivencia, a integración social y a reconocimiento. Solo de esta forma se produce una elección en igualdad de condiciones, y solo de esta manera ni siquiera sería necesario hablar de conciliación, porque no serían partes en conflicto. Siempre es buen momento para dejar de estar “irreconciliados”.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s