Diletantes y profesionales

Pocas cosas resultan tan liberadoras como descubrir que el verdadero motor de nuestras sociedades y de la humanidad es la contradicción y la paradoja. La contradicción libera y ensancha mente y alma al hacerse acompañar de un espíritu de comprensión hacia la propia condición y la de los otros. Aceptar nuestras contradicciones es una inyección de benevolencia hacia nosotros mismos y hacia los demás. Empero, las contradicciones y paradojas poseen su envés (y qué no lo tiene). Si uno no acepta la contradicción como esencia del ser humano y adopta, en cambio, posiciones monolíticas e inmovilistas, se convierte en un juez implacable revestido de amargura que se enfrenta infructuosamente ante lo que es consustancial a la naturaleza humana. Si queremos evitar ese trago de amargura, intransigencia e impotencia, más nos vale aceptar que si algo somos, es contradicción y paradoja.

Y ya que estamos en esa aceptación de contradicciones y paradojas, pongamos nuestra atención en una especialmente curiosa, la del diletante profesional. Nuestro mundo actual tiene a gala revestir cualquier disciplina o ámbito de un halo de profesionalización. Somos la sociedad profesionalizada. De cualquier afición o detalle nimio, establecemos una disciplina, un método y generamos expertos. Todo ha de especializarse y ha de ser investido con el manto de ‘lo profesional’. Decir hoy de algo que es ‘poco profesional’ es poco menos que condenarlo al ostracismo, al territorio de lo chapucero. Así que la idea de diletante, esa palabra que nos define como interesados en algún saber al que nos aproximamos como aficionados, queda restringida a una práctica en la más estricta intimidad. Ser diletante está mal visto, a no ser que nuestro diletantismo sea referido a aquello que antaño se calificaba como hobby (concepto casi en extinción). Sin embargo, desde hace unos cuantos años ya, nuestra sociedad ha hecho de lo diletante algo profesional. ¿Qué son, si no, los influencers sino diletantes profesionales? Tampoco quedan atrás la pléyade de tertulianos y opinadores de pantalla que hacen de su diletantismo una profesión. Y he ahí la paradoja y la contradicción. Un mundo que demanda profesionalización absoluta y que presume de ello, privilegia en cambio un diletantismo al que le otorga tribunas especiales de alta visibilidad y resonancia, y al que transforma en ‘profesional’. Así que hoy encontramos diletantes que son contratados y admirados por esa ‘frescura del aficionado’, pero a los que se les exige una profesionalización cuya ausencia es precisamente el motivo inicial de su contratación y elevación a las alturas. De esta forma, el mundo actual, que presume de profesionalización, ha reservado sus mejores espacios a los diletantes o aficionados, a los que luego baja del pedestal alegando su falta de profesionalidad. Es la paradoja del diletante profesional, la contradicción de una sociedad que presume y se obsesiona con la profesionalización, pero que sitúa en sus atriles a diletantes, a aficionados. Algo que podemos hacer extensivo a cualquier ámbito como la política, la educación, la cultura, … Pero todos somos contradicción y paradoja, aceptémoslo. Y todos en cierto punto somos diletantes, aficionados. Así que toca ser benevolentes y evitarnos ese trago de amargura.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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