La angustia del misterio

Si alguno de mis lectores habituales o esporádicos es fan de Agatha Christie, es posible que no comparta, o sí, mi disgusto por las últimas versiones llevadas a las pantallas de cine y televisión. De impecable factura, su visionado me traslada la sensación de estar viendo otra historia en la que desaparece el espíritu de la autora británica. Versiones que agudizan con profusión los perfiles psicológicos de los personajes y que arrinconan la frescura primigenia de anteriores películas. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que no son más que un fiel reflejo de nuestra sociedad actual y de su obsesivo empeño por evitar el misterio a toda costa. El misterio, eso que es recóndito y que no puede ser comprendido ni explicado, hace tiempo que fue expulsado del paraíso de la evolución humana. Si evolucionamos es porque vamos arrinconando el misterio a golpe de evidencias capitaneadas por la ciencia y la tecnología. El comportamiento humano y lo psicológico, lo social y lo antropológico se convierten en lo focal, en el territorio donde nos movemos cómodamente, y donde ausentamos lo misterioso. Nuestras historias, nuestra narrativa ficticia o de vida, se mueve ya solo en esos espacios en los que todo busca su evidencia y explicación.

El misterio implica la aceptación de lagunas, de lugares ignotos que no están a nuestro alcance, de circunstancias que se hallan fuera de nuestro control. Hemos desaprendido a vivir con el misterio, que nos incomoda y nos impacienta.  El misterio nos enfrenta con nuestras limitaciones, con un no saber que pone en solfa el papel del ser humano como centralidad del universo que todo lo puede y todo lo alcanza. Lo misterioso implica también la existencia de secretos, de partes no relevadas que encajan mal con la sociedad de la hiper transparencia casi maquinal. Nuestro mundo sustituye la seducción por el cálculo y, en la evitación del misterio y del secreto, coarta la imaginación.

Solo a través del misterio y del secreto creamos otros mundos más allá de lo revelado que inspiran nuestra imaginación y que, paradójicamente, dan mucho más sentido a nuestra existencia y la hacen más comprensible y habitable. Al quererlo conocer todo de todo, hemos llegado a un callejón sin salida donde, como escribía Cioran, nuestra ansiedad convierte el misterio en ausencia. Y en esa ausencia, en esa nada, crece la angustia.

Sin misterio, sin la aceptación de lo desconocido, el ser humano se encierra cada vez más en sí mismo, en su meta relato y en su narrativa más superficial, en la forma y no en el fondo, y así, poco a poco, va quedando vaciado y preso de su propia esfera, mientras le resulta cada vez más difícil convivir con lo misterioso y lo no explicable que le angustia. Esa angustia de lo misterioso es la que hoy nos inunda ante escenarios inciertos y desconocidos a los que deseamos dar respuesta en tiempo récord, y ante los que nos mostramos incongruentes y erráticos, temerosos e indecisos, atrapados en una ‘no perspectiva’, en un ‘no lugar’ que se antoja insoportable. Lo que antes se explicaba y justificaba como ‘designio divino’, al que se respondía con aceptación, hoy se despacha con incontables peticiones de responsabilidades descontroladas que disparan contra todo y contra todos. Hoy son los jóvenes, ayer los políticos y quién sabe cuándo los científicos o los sanitarios. De protegidos pasamos en segundos a perseguidos, de héroes nos transfiguramos en villanos. Todos movimientos estériles que yerran el tiro y que, en su descontrol inculpatorio, horadan la confianza sobre cualquier tipo de referente, y crean todavía más angustia.

Sacudirse la angustia del misterio comienza por aceptarlo, por quererlo en nuestras vidas, por convivir con él y comprender que el ser humano siempre estará expuesto al no saber. Una aceptación que nos baña en la humildad y que permite imaginar soluciones que van más allá del lugar común, que deja de buscar culpables para encontrar aliados. ¿Y lo que vendrá? Pues eso, un misterio.

 

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

 

 

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