Las burbujas

Es difícil sustraerse de perseguir con nuestra mirada la trayectoria de una burbuja cuando se forma. Posee un atrayente “no sé qué”. Permanecemos absortos durante unos segundos y nuestra vista la sigue admirada no sabe bien si por esa espontaneidad casi mágica y no prevista con la que surge, por su forma esférica, brillante y vacía en su interior, por una proyección inconsciente de un deseo ambivalente de libertad y aislamiento, por la trayectoria caprichosa que dibuja o por la expectativa de comprobar en qué momento va a disolverse y desaparecer. Un ensimismamiento extraño ante algo que no deja de estar vacío por dentro, aislado del resto y que muestra una extraordinaria fragilidad. Quizás sea precisamente eso lo que lo hace tan sugerente.

Burbujas visibles e invisibles. Burbujas físicas y virtuales. Burbujas que repliegan, que aíslan, que en su fortaleza aparente e infranqueable esconden una debilidad extrema, mientras en su interior se habita en una limitación que empobrece existencias. Vidas que quedan al margen, disueltas en protecciones y seguridades que hacen del vivir un hecho antinatural. Las burbujas se alumbran del germen de lo defensivo, de la idea de “protegerse de”. La vertiente expansiva del ser humano, igual que la de la naturaleza de la que forma parte, queda entonces violentada y sesgada. La “polinización” social que despliega la alegría y la diversidad se fumiga con temores que recluyen al hombre en modernas prisiones de lujo o de pobreza extrema, de semi ideologías y de tendencias de pensamiento. Si el Ser Humano es más Ser cuando se reconoce en el otro que no es igual, pierde su Ser y se embrutece cuando se encierra en su burbuja. Se acerca así al primitivismo más absoluto, porque ya no es capaz de buscarse en la diferencia, de encontrarse en quien no es igual.

Queda así transformada la existencia humana en la esencia de la burbuja que no es otra que la vaciedad. Una vaciedad que asfixia y entristece, que angustia y atemoriza a partes iguales. Seres que piensan en la supervivencia, en la defensa como posición primigenia, que se anclan en la desconfianza y en el rencor hacia los demás.

Así, la presunta asepsia de las burbujas que nos garantizan un discurrir seguro, confiable, cómodo y tranquilo, alejado de todo riesgo, se transforma en su contrario, un lugar asfixiante y angustioso que solo vive de y para prevenir la latencia de los peligros que, a fuerza de anticiparlos, acaban por hacerse realidad. Un lugar que se desayuna todos los días con la desconfianza y que, en la evitación de los peligros imaginados que siempre son infinitos, hace de su día a día una incomodidad perenne.

En septiembre de 1971 nacía David Vetter, conocido como “El niño burbuja”. Un síndrome de inmunodeficiencia severo le llevó a vivir en una burbuja desde bebé. Sin contacto físico alguno, una invisible pero permanente burbuja le separó del resto durante toda su vida hasta su muerte en 1984, tras una operación de trasplante malograda. Solo pocos días antes de su fallecimiento, pudo por fin recibir el primer y último abrazo de su madre. Todo final es triste cuando se vive en una burbuja. Necesitamos la alegría de romper burbujas.

 

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

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