Los advenedizos

Revolver en los diccionarios, práctica en franco derrumbe en la época de los primeros resultados de búsqueda, depara agradables sorpresas las más de las ocasiones y es extraordinaria fuente para quien escribe y enfrenta periódicamente la hoja en blanco. Sin motivo aparente pero existente, sobreviene a mi cabeza la idea de advenedizo. Como tantas ocasiones, una palabra suelta tiene preparado un plan para mí, se deja caer en el momento más insospechado para empujarme a hablar sobre algo que aún no veo pero que está, que terminará en negro sobre blanco.

Pienso en advenedizo y me asaltan instintivamente percepciones que ligan con lo despectivo, con una mezcla de indignación y desprecio de esas personas que recién entradas en un campo hasta ahora desconocido para ellas, tratan de dar lecciones y de enseñar cosas que tú o yo conocemos en profundidad desde hace mucho tiempo. Es esa extraña sensación de descubrimiento y propiedad única violentada de repente por alguien que no queremos “invitar a esa fiesta”. Se alimenta entonces el fuego fatuo del orgullo, se emborrona nuestra humildad y situamos al otro en su lugar, que no es otro que el de advenedizo.

Así que, tratando de desenmarañar algo más mi mente y la misión que tenía encomendada sin saberlo, acudo a la Real Academia para comprobar que, de las dos acepciones que posee el vocablo, me he quedado, y me temo que casi todos, con la segunda, con ese adjetivo despectivo que define al advenedizo como un recién llegado que muestra pretensiones desmedidas. Sin embargo, compruebo, no sin cierta tristeza, que he olvidado, o más bien hemos olvidado, su primera acepción, esa que nos recuerda que ser advenedizo es también o, sobre todo, “venir de un lugar distinto de aquel donde se ha establecido”. Y de repente, el diccionario, bajo su aparente frialdad, vuelve a abrir una nueva perspectiva humana y comprensiva de la realidad. Y me doy cuenta de que advenedizos somos todos, siempre migrantes de algo, de un hogar que fue y ya no es, de amistades que van y vienen, de familia que se distancia y se acerca, de vecindad, de trabajo, de pensamiento, de ideas, de sentires y decires… Compruebo con claridad que la tan cacareada necesidad de cambio que entroniza nuestro tiempo nos convierte en advenedizos, aunque a nadie nos guste vernos reflejados en ese espejo.

Pero ser advenedizo, en su primera acepción por supuesto, esa que nos recuerda el venir de un lugar distinto al que estamos, es un antídoto contra el resabio que llevamos dentro, un freno del ego, una friega de humildad, un asiento privilegiado para sentarse a escuchar a los demás sin prejuicios, una pista de despegue para la imaginación, la curiosidad y el asombro y, sobre todo, un pasaporte para el entendimiento y la cooperación.

Todas las cosas comienzan siempre por “la primera vez”, y en esa primera vez todos, sin excepción, somos advenedizos, seres venidos de un lugar distinto del que nos encontramos. Nuestros días nos están trasladando a una nueva ubicación como sociedad, nos están descubriendo espacios desconocidos donde nadie puede, ni debe, dejar de considerarse un advenedizo, y como tal, debe apagar su orgullo y su resabio porque nada sabe, revestirse de humildad, comprender y aprender, cooperar y renegar del enfrentamiento y encastillamiento, olvidar los prejuicios y los ajustes de cuentas, e imaginar con la frescura del recién llegado.

Hoy todos somos migrantes en el nuevo lugar social que juntos hemos de configurar. Un lugar que será tanto mejor cuando reconozcamos que somos advenedizos, que tenemos mucho por hacer e infinidad de cosas por aprender. Y que la única razón que ahora nos asiste es la del descubrimiento y la colaboración. Os saluda un advenedizo del nuevo mundo.

Óscar Fajardo Rodríguez es autor, ensayista y articulista. Ha publicado con el sello Oberón del Grupo Anaya el libro Insatisficción. Cómo necesidades ficticias crean insatisfacciones ficticias. Si deseas contactar para colaboraciones, escribe a articulistaxxi@gmail.com

 

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