Las distancias

La distancia, ese espacio que separa un algo de otro algo, posee una cierta dosis de contradicción y paradoja. Nuestra sociedad ha desarrollado una relación ambivalente con la distancia. Así, la distancia y su acortamiento es sinónimo de progreso cuando hablamos del tiempo y de los lugares. Gran parte de las innovaciones se han dirigido a acortar las distancias físicas entre espacios y también a rebajar el tiempo transcurrido entre las causas y los efectos, de tal forma que entendemos que el mundo evoluciona cuando la inmediatez hace de las distancias algo insignificante. La carrera del progreso se explica en este sentido como una competición hacia la rapidez e inmediatez, hacia la reducción de la distancia.

No sucede lo mismo, en cambio, en el mundo de la opinión pública, donde acontece el fenómeno contrario. Aquí se trabaja las más de las ocasiones para marcar las distancias, para fijar territorios compartidos con los afines, para crear tribus o burbujas que confirmen lo que pensamos, que nos hagan sentir que pertenecemos a algo, que somos parte de. Construimos identidades grupales con la fórmula del “frente a”, lo que supone inmediatamente crear distancias cada vez más grandes, fosos y fronteras que separan. Otras veces, sin embargo, operamos una equidistancia peligrosa y cínica cuando tocamos asuntos que sentimos que pueden comprometernos.

La distancia es una idea que siempre nos acompaña, como el aire que nos envuelve, pero de la que apenas somos conscientes. Hoy, las circunstancias han puesto en la agenda este concepto mediante una petición de distancia social que a algunos escandaliza y a otros indigna cuando no se cumple. Pero, más allá de las coyunturas o de debates más profundos sobre el concepto de distancia social desde lo político, ético, social, de salud o de derecho, deberíamos preguntarnos cuestiones mucho más sencillas. ¿No estábamos ya antes realmente distanciados, pero sin saberlo? ¿No vivíamos distanciados de nosotros mismos, donde apenas sabíamos ya el para qué de nuestra vida y nuestros actos, como si fuéramos extranjeros en alma propia? ¿Y de los otros? ¿Acaso pensábamos que la masa en las que nos concentrábamos y chocábamos era cercanía social? ¿Pensábamos que agolparnos físicamente acortaba las distancias? ¿Cuánta distancia real había con quien compartíamos metro cuadrado cuando ni siquiera sabíamos lo más mínimo de su vida? ¿Creíamos que las pantallas y lo táctil acortaban la distancia en sentido totalmente absoluto? ¿No es cierto que el ruido ya sea acústico o de constantes interrupciones no ha hecho más que separarnos de manera “silenciosa”? ¿Y qué hay de nuestra relación con la naturaleza, que solo usamos como escenario puntual, como fondo para nuestros auto retratos virtuales? ¿No es verdad que hemos vivido cada vez más distanciados de lo que nos convierte en seres realmente humanos?

Convendría que hoy que volvemos a hablar de distancias, repensemos dónde se encuentran las verdaderas distancias que deben recortarse y las que debemos permitir que existan para, paradójicamente, acortar espacios que hoy son demasiado lejanos.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

 

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