La sociedad viscosa

Si algo ha caracterizado nuestro mundo desarrollado de los últimos tiempos ha sido la idea del fluir, de la modernidad líquida que tan bien definiera hace años Bauman. Un universo poblado de velocidad y rapidez, del cambio como única constante, de la capacidad de adaptación y flexibilidad como habilidades fundamentales, de la obsolescencia y renovación perenne como patrón del existir. En la vida líquida, todo era precariedad y provisionalidad, y lejos de discutirla, alimentábamos el autoengaño de que el problema no era esa provisionalidad, sino la incapacidad de vivir con ella. Entronizada la incertidumbre como destino inexorable, el ser humano había de aceptarlo, de renunciar a la idea pasada de solidez que es pesada, robusta e inmóvil. Una solidez que atentaba contra el progreso y contra la libertad del individuo, al que parecía encorsetar. Ante ello, era necesario desarrollar un ser flexible que suponía, como recordaba Bauman, estar comprometido con la nada porque nada es definitivo.

Pocas cosas podían simbolizar ese espíritu líquido como el agua. Un agua que fluye, que siempre encuentra camino y abre grietas, que penetra y supera cualquier obstáculo para crear nuevas vías y caminos. Un agua que posee una baja viscosidad porque necesita de esa escasa resistencia para poder deslizarse y dar vida a los distintos organismos que habitan el planeta. Una baja viscosidad del agua que puede aumentar si se le adicionan determinadas sustancias, y provocar así que deslice peor. Un efecto similar es el que ha sucedido durante todos estos años con nuestra sociedad líquida, a la que en su fluir desbocado se le han ido adicionando factores diversos que han provocado que ese deslizar sea más complejo, que cada vez se produzcan más fricciones y que estemos en una migración del fluir absoluto a un estancamiento viscoso y asfixiante. En esta sociedad viscosa, todo parece atrapado y estancado. Cualquier cuestión que queramos mover más allá de lo aparente y del corto plazo requiere de esfuerzos denodados, apreciamos que hay fricciones por doquier en todos los ámbitos que nos rodean. Y así, nuestra vida va pasando de un extremo a otro, de la ligereza de los últimos tiempos a la pesadez, que no solidez, de lo viscoso que envuelve e inmoviliza, que detiene y que estanca.

Quedamos atrapados en un presente incómodo, en el que no hallamos referencias del pasado porque lo hemos discutido tanto que no tenemos acuerdos sobre él (que al fin y al cabo es lo que representa la historia) y en el que no poseemos un futuro dibujado aún porque a fuerza de vivir en una distopía de entretenimiento que olvidó la utopía, y a fuerza de no comprometerse más que con nada, nos hemos desacostumbrado a pensar sobre ese porvenir de manera regular, y a acordar visiones comunes. No resulta extraño encontrar en la política situaciones estancadas que se eternizan con parlamentos fragmentados, elecciones múltiples, acuerdos de un lado y de otro y vuelta a empezar para seguir en el mismo sitio, pero cada vez con más dolor y hastío. Lo mismo sucede en lo económico y en lo social, donde el famoso ascensor social queda varado, y solo funciona el descensor, mientras hemos de hacer cada vez más para tener menos.

Algo similar encontramos en la cultura y en la intelectualidad, que se encuentra enredada en las mismas coordenadas de hace años, en la sanidad, en la educación, en el medioambiente, en el civismo, en las relaciones sociales, en el empleo y hasta en la relación con nosotros mismos. Solo parecería salvarse la tecnología, pero nada más lejos de la realidad. Sus avances descabezados y descontrolados, sin un elemento director consistente no hacen sino el efecto levadura sobre el agua, provocar que sea cada vez más viscosa. Nada, absolutamente nada en cualquiera de estos ámbitos, ha encontrado solución a los problemas realmente acuciantes con el pasar de los años. Unos años que hemos pasado en ese entretenimiento del fluir superficial, mientras que desde las capas abisales se fue creando un magma viscoso que ha ido llegando a la superficie en la que ahora flotamos todos casi asfixiados.

Sin embargo, entre la pura agua insípida que se escapa entre las manos y que nada deja, y la viscosidad que atrapa y ahoga, existe una proporción adecuada que hemos de encontrar para ligar una buena salsa que sea consistente para dejar huella y ser estable, a la vez que posea la suficiente ligereza para deslizarse y no estancarse. No debemos olvidar que todo es cuestión de equilibrio.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s