El deber y la esperanza

Decía Borges que, ante circunstancias extremadamente difíciles, al hombre se le imponía el “deber terrible de la esperanza”. La esperanza entendida como deber terrible resulta una idea extraña, contraproducente y perturbadora. Una concepción que solo puede ser entendida cuando la esperanza, parte esencial del ser humano, no encuentra sostén sobre el que mantenerse. La esperanza sola, sobre el alambre y sin red, envasada al vacío. Una exigencia de nuestra época que, como la felicidad y otras tantas, se exige y casi obliga como un deber, a pesar de que apenas haya nada que la sostenga.

Es en esa situación de exigencia y deber de esperanzarse sin razones que la sujeten cuando ese deber se convierte en terrible. La esperanza nace, se reproduce y mantiene respecto de algo y de alguien, necesita asideros y referencias en las que mirarse, agarrarse y resistir. Sin ese respecto de algo y de alguien, las esperanzas son vanas, espacios huecos que no hacen más que agrandar la sensación de vacío y desazón. Cuando al individuo y a la sociedad se le impone el deber de la esperanza, se le invita directamente a caer en el infierno del desasosiego.

La esperanza jamás debiera ser terrible porque nunca debiera ser deber ni obligación, sino consecuencia. Forzar la esperanza es un autoengaño, un espejismo de graves consecuencias, una mentira de piernas cortas implantada en una sociedad que todo lo reduce a un acto de querer y de voluntad individual. El deber estriba en dar sostén a esa esperanza, en crear futuros consistentes en los que pueda asirse con fuerza, en los que sienta arder con fuerza la llama del compromiso (otro mal llamado deber).

La esperanza necesita de razones, y las razones sí que son un deber que hemos de construir como sociedad. Hemos de exigirnos elaborar un porvenir repleto de motivos y de razones. Cuando la esperanza se impone como deber y se hace terrible es cuando más hemos de olvidarnos de la esperanza y construir verdaderos motivos para tenerla. Solo así la esperanza abandona el territorio de lo terrible para convertirse en verdadero motor. Hoy tocan razones y motivos.

 

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