Las sillas rotas

Ahora mismo, mientras escribo a primera hora de la mañana, la tengo frente a mí. Desde el ventanal puedo divisar una silla de plástico que un día fue rojo grana y hoy está teñida del blanco desgastado que pinta el paso del tiempo y el efecto de sol del estío. Apoyada sobre una barandilla, la silla rota en su base y sin una pata, absolutamente inservible, absolutamente antiestética, domina desde una posición privilegiada, como si de un trono se tratara, toda la perspectiva de la comunidad de vecinos desde hace ya algunos días.

Allí permanece, absurdamente inútil, mientras todas las jornadas los vecinos pasamos por delante de ella no una sino varias veces. Se ha convertido en un elemento más del paisaje, discordante e ilógico, pero mañana tras mañana, sigue ahí encaramada, dando la bienvenida al día y a la noche, observando saludos y conversaciones de la vecindad. “Alguien la tirará” pensamos quienes pasamos por allí y la contemplamos. Tirarla es un esfuerzo nimio de apenas dos minutos, pero ninguno lo hacemos. Es ese “alguien lo hará” típico de la acción colectiva, donde ante una responsabilidad que es de todos, nadie la asume, emergiendo el famoso free rider, donde nos aprovechamos de la implicación de alguna otra persona que esperamos que realice esa acción por nosotros. Una realidad reforzada por un “efecto espectador” que nos desvincula de la responsabilidad cuando observamos que el resto de nuestros pares tampoco lo hacen.

La consecuencia es que la silla que nadie desea, que es inútil y disonante, permanece allí, hasta el punto de que, si nadie la retira, se convierte en un elemento familiar al que ninguno prestamos atención, y termina por convivir con nosotros, formando parte del paisaje que se acepta y no se discute.

Así, de esta forma metafórica, se instalan millones de creencias y sillas rotas no solo en nuestras cabezas, sino en el colectivo social. ¿Cuántas de ellas encontramos hoy en nuestro funcionamiento como sociedad que no sirven o que incluso perjudican y que, sin embargo, ya forman parte de nuestro paisaje familiar y siquiera las discutimos? Las sillas rotas se encuentran en todas partes, en lo político, en lo económico, en lo social, en lo cultural, en lo educativo, en lo sanitario, en lo medioambiental, etc. Pero encuentran fieles aliados en la inercia y en la familiaridad, enemigos declarados de lo que evoluciona. Aquel nuevo tiempo preconizado, consecuencia de la clarividencia de unos momentos donde el mundo se paró, va dejando paso a la inercia. Lo que hace escasos meses considerábamos sillas rotas intolerables en nuestro universo de progreso, sillas que no comprendíamos cómo se nos habían hecho tan familiares que apenas ya las detectábamos, siguen ahí, invitándonos a acomodarnos a esa familiaridad de siempre, a ese “alguien lo hará”, a ese ceder la responsabilidad a otros, a esa comodidad peligrosa. A medida que los días transcurren, cualquier cambio sobre lo establecido se hace cada vez más utópico e irreal. Además, la tentación del free rider, donde pivota la idea de que un individuo solo no cambia ni altera la generalidad ni su funcionamiento, es demasiado grande como para sustraerse, y con ella se van multiplicando las sillas rotas, un aventurado dejarse ir que tiene como previsible final una degeneración generalizada.

Pero por más que se nos hagan familiares, las sillas rotas existían antes de la pandemia, siguen existiendo y existirán. Y muchas de ellas continúan siendo tan intolerables o más que cuando hace unas semanas las observábamos con sorpresa e indignación. Pero solicitar que todos las veamos con nitidez y que trabajemos por retirarlas apelando únicamente a nuestra responsabilidad individual es estéril y riesgoso, abre brechas y acentúa diferencias. Hoy más que nunca necesitamos marcos compartidos que señalen claramente dónde se encuentran las sillas rotas más inútiles, más flagrantes, y dotarnos todos de nuevas normas, de nuevos valores, de nuevas políticas y formas de relacionarnos y de maneras diferentes de participar en nuestra sociedad. Corren buenos tiempos para la imaginación, para diseñar formas de vivir distintas. Tiempos que demandan también una exigencia mucho mayor de implicación y responsabilidad como individuos hacia los demás, hacia la colectividad, no hacia nosotros mismos. Es momento de no caer en la tentación del free rider, del “alguien lo hará”, de no dejar las sillas rotas donde estaban, de no acomodarnos. Y por cierto, antes de terminar este artículo, no pude resistirme a retirar aquella silla rota que nadie echará de menos.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

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