Filosofías de camiseta

Si Hipócrates levantara la cabeza no dejaría de sorprenderse del enorme éxito que en nuestra época cosecha ese concepto de aforismo por él inventado hace ya unos cuantos siglos atrás. Hoy la difusión del saber es aforística, de frase corta, de ciento cuarenta caracteres, de pechera de camiseta. Son fogonazos, llamadas que capturan nuestra atención durante escasos segundos, que llaman a una reflexión de cartón piedra, a una inspiración que navega en los lugares comunes e interpela lo puramente emocional, lo que queda en la epidermis.

La condensación es nuestra seña de identidad. Nos condensamos en bloques de edificios y en ciudades, condensamos en milisegundos nuestra capacidad de concentración, condensamos lo que nos decimos, lo que comunicamos y el conocimiento. Paradojas de una sociedad incapaz de aceptar privación alguna, pero que sin embargo renuncia sin mayores problemas a las palabras, que reduce a la mínima expresión (nunca mejor dicho).

Nuestra filosofía contemporánea, nuestro pensamiento cabe o ha de caber en una camiseta. Ha de ser fácilmente digerible, exigir poco esfuerzo, ser llamativa e inspiradora en el juego corto. Lo mismo ocurre con la política, donde todo se finaliza con sentencias sonoras y golpe de micrófono, en el arte, en la literatura, en el cine, donde lo guionado se construye como una especie patchwork, de ideas más o menos brillantes e inconexas, de piezas diferentes que se engarzan sin una ligazón superior que otorgue esa coherencia que poseen las cosas que perduran.

Retazos breves y coloridos, sugestivos pero vacuos, inspiraciones olvidadas al torcer de la primera esquina. Caracteres resumidos que, lejos de expresar la habilidad de depurar en poco espacio algo profundo, reflejan la pereza de adentrarse en lo complejo, en lo que lleva tiempo, en lo que no es inmediato y siquiera sabemos dónde va a depositarnos cuando finalice el viaje. En una sociedad que presume falsamente de invitar a arriesgarnos como individuos, a emprender, todo en cambio se mueve en los lugares comunes, en las frases hechas que caben en una camiseta. Salirse de ello es no ser leído, no ser visto, quedarse en los alrededores como en un páramo desierto, gritando a los vientos que no escuchan. Las filosofías de camiseta nos convierten en masa mientras proclaman lo contrario, nos hacen sentir el bienestar efímero de lo que no se sostiene en nada, nos condenan a la pobreza intelectual de ignorar lo que es diferente, de lo que requiere voluntad y esfuerzo para comprender. La sociedad de la condensación, de las filosofías de camiseta, necesita expandirse, y en esa expansión permitir el riesgo real de pensar diferente, de publicar distinto, de crear sin tapujos. Y sí, eso tiene un nombre. Se llama libertad.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

 

 

 

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