Y siguieron (seguimos) tocando en cubierta

Las alegrías y las penas, las ganancias y las pérdidas, las crisis y las recuperaciones, todo va siempre por barrios. Los naufragios no se viven igual en clase preferente que en tercera. Mientras unos se ahogan y perecen a los pocos minutos de zozobrar, otros permanecen impasibles en cubierta mientras la música continúa sonando como si nada sucediera. Hoy, en nuestro mundo hiper economizado a ese tocar en cubierta se le llama “recuperación en V”, ese ansiado deseo de que nada cambie, de que no haya zozobra ni naufragio para poder mantener el rumbo de la nave hacia ninguna parte en el mejor de los casos, o hacia un abismo desconocido en el peor. Caída abrupta y dolorosa (para unos pocos) y subida vigorosa, como si fuera una mala pesadilla que desaparece con el amanecer. De aprender algo ni hablamos.

Cada vez van quedando menos cosas de las de “esto ha llegado para quedarse”. Aquella lista mezcla de deseo y rebeldía, de utopía en curso de consumación, va borrando líneas a medida que el confinamiento y la preocupación sanitaria deja paso a un futuro nuevamente ganado por los autodenominados “realistas” que no contemplan más que seguir como siempre, lograr que esto sea una mala experiencia pasajera que no altere la marcha. Los sueños, sueños son, pero “la realidad” exige volver a lo de siempre. Así que seguimos tocando en cubierta.

Pero, a pasar de todo, nuestro casco que parece irrompible e insumergible posee fallas desde hace tiempo y estos momentos no hacen sino agrandarlas. El agua ya no solo inunda a los que viajan en tercera, sino que va alcanzando cada vez más compartimentos porque la fórmula de progreso que nos dimos hace ya más de sesenta años es cada vez más disfuncional, y lejos de servir para resolver necesidades de una gran parte de la sociedad, deja a un mayor número de personas en un estado de mayor necesidad, de más precariedad. Ante épocas de cambio, recordaba el siglo pasado el escritor Hilaire Belloc que no debemos alarmarnos por el desarrollo de energías que están ya en términos de disolución. Hemos equivocado la hora de la noche porque ya estamos en pleno amanecer, continuaba. Hoy día seguimos en cambio tocando en cubierta, preocupados y alarmados por desarrollar energías que están en término de disolución, sumergidos en lo más oscuro sin percibir que tenemos nuevas luces, que tenemos la oportunidad de un nuevo amanecer.

La historia es empecinada en demostrar que la resistencia al cambio, a diseñar un progreso que alcance a todos, que no sea disfuncional y que resuelva necesidades, no hace más que acrecentar el coste de dichos cambios, de hacerlos más dolorosos y más crueles, para finalmente no evitar ese cambio. Y también se empeña en enseñarnos que los naufragios hunden toda la nave, que no solo afectan a los camarotes que se encuentran en primera línea de choque, sino que terminan por alcanzar también a la cubierta, por más que nos obnubilemos con nuestra propia melodía.

Nuestro progreso, como recordaba Chesterton, ha de pivotar sobre una idea de fijeza que se sostenga durante el tiempo, que no se encuentre al albur de las cuestiones superfluas del momento, pero que tampoco olvide los matices propios de cada época. Hemos por tanto de encontrar un marco común por encima de lo superfluo y del detalle, y a partir de ahí, abordar los matices. Hacerlo al revés es seguir tocando en cubierta. No se trata de pensar cómo trabajamos, sino en qué trabajamos. No debemos hablar de público o privado, sino de qué nivel de desigualdad estamos dispuestos a tolerar y qué fundamentales deben ser garantizados para todos por el hecho de ser humanos. No es cuestión de ser pro o anti globalización, sino de debatir cómo conseguimos un modelo de ciudadanía universal que sabe convivir con las culturas diversas en una cierta armonía. No es asunto de productividad de las personas, sino de vivir en plenitud y con bienestar, lo que se llama llevar una vida buena, donde podemos desarrollar lo que realmente nos gustaría ser, no lo que nos dicen que hemos de ser. Esto no va de recuperar el consumo, sino de resituar lo que debe suponer el consumo en nuestra existencia y lo que debe resolver. No hablamos de la tecnología como pivote de nuestras vidas, sino como un facilitador que nos libera de la carga de trabajos pesados para expandir nuestra capacidad de realizarnos como seres humanos. No es un debate sobre cómo ser más sostenible, porque eso implica seguir desarrollando actividades que esquilman la naturaleza aunque lo hagan en menor cuantía, sino de transformar lo que ya nos da de por sí, sin necesidad de explotarla. Puede que todo esto suene a utopía, puede que parezca un sueño, pero siempre es mejor soñar que terminar viviendo una pesadilla. Y entre tanto, seguimos tocando en cubierta…

 

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