Estado de desazón

Hay estados que terminan, que son artificiales, que se decretan y se cancelan, que tienen fecha de inicio y fin. La Alarma decretada allá por marzo (que extraño y difuso parece ya ese mes) ya finalizada en nuestros días (y en la esperanza de que no vuelva), nos mantuvo en otro estado, el de alerta y tensión constante, aunque en buena parte confinada, combinado con una frenética huida hacia delante revestida de hiperactividad y optimismo superficial que poco a poco fue diluyéndose según pasaban días y meses. También ese estado, como el de Alarma, se fue.

Hoy, en cambio, queda un estado mucho más silente, resistente y doloroso, que se engancha en el pensamiento y el corazón de cada persona como, por extensión, de la sociedad. Andamos desconcentrados en lo que leemos y escribimos, en lo que trabajamos, en lo que vemos. Los reencuentros no saben igual, los abrazos (cuando se dan) no se sienten de la misma forma y aquellas ansias de socialización del confinamiento han dejado paso a una desgana desconocida que nos descoloca, a un síndrome de la cabaña o más bien de Estocolmo que puede llegar a que añoremos aquellos tiempos encerrados. Un desencaje al que ni como seres humanos ni como sociedad estamos acostumbrados. Una alteración tan profunda y desconocida que nos sume en la intranquilidad y en la tristeza, que nos devuelve a un estado de desazón.

El empeño en denominar como normalidad (me ahorro lo de nueva porque lo normal nunca es nuevo) lo que no lo es no hace sino crear más desazón. Cubrir nuestros rostros, mantener las distancias, no saber cómo comportarse ante un ser querido o conocido, interrumpir súbitamente el ir a la oficina a la que fuimos durante tantos años, dejar de ver abruptamente a personas con las que tratabas todos los días y dejarlas comprimidas en una pantalla, desconocer cómo será el septiembre, la vuelta al colegio, vacaciones canceladas o en búsqueda de la soledad (lo contrario a lo que siempre ha hecho la gran parte de las personas que demandaban hasta ahora la concentración y la masificación), la cancelación de tradiciones que ni guerras pudieron, todo absolutamente todo queda trastocado, y con ello, también los asideros del presente que nos proporcionan referencias casi silenciosas que nos sitúan, nos hacen tocar suelo y sentir arraigo.

Un estado de desazón que encuentra sustento también en las expectativas alimentadas y el temor a no verlas cumplidas. Nuestra sociedad camina y caminaba desde hace tiempo por un callejón sin salida, un autoengaño de piernas cortas que iba quedando desenmascarado en forma de mayores desigualdades sociales, ascensores sociales averiados, inseguridad creciente, consumo hiperatrofiado, insatisfacciones permanentes, ecosistemas agotados y esquilmados, polarizaciones profundas, vidas cansadas, velocidad incesante, silencios imposibles, formas y modales desaparecidos, competitividad despiadada. Detener la maquinaria hizo comprobar a mucha gente la vaciedad de la sociedad superficial que habitamos, la necesidad de cambiar, y llevó a muchos a apreciar el silencio, la limpieza y los modales en las calles, a soñar en que otra vida era posible, a disponer de su tiempo y emplearlo en lo que realmente deseaban. Esos sueños, esas expectativas, se enfrentan de nuevo a una realidad ruidosa, que parece no haber aprendido nada, que hace rebrotar así la desazón.

Tampoco parece gran remedio el mantra altamente escuchado en este tiempo de no hacer planes, de vivir el presente, el momento y el ahora. El ser humano solo alcanza su desarrollo y bienestar pleno cuando equilibra el pasado con el presente y el futuro. La falta de cualquiera de ellos altera su existencia. La incapacidad de acordar y darnos todos juntos un futuro diferente, una visión esperanzadora del porvenir, es una puerta abierta a la desesperanza y a la desazón. Nadie puede vivir eternamente sin futuro, anclado solo en un presente, porque es el futuro el que nos mueve, el que nos hace ir hacia algo. Ahora, atenazados por el terror a un virus que aún está y que puede que no se vaya nunca, y del que no sabemos su virulencia futura, no nos decidimos a buscar otras soluciones que partan de la idea de que en el mundo siempre hay amenazas y no todas son controlables cien por cien, y aprender de esta forma a convivir con ellas. Solo así es posible comenzar a pensar en una sociedad nueva que abandone esta sensación de tránsito, de no lugar, como si viviéramos eternamente en una sala de espera. Necesitamos una idea de futuro porque, como recordaba Montaigne “el alma se pierde cuando no tiene un fin establecido”.

Después de una alarma, es normal pasar a un estado de desazón, pero si este estado se cronifica, lo que mostrará este estado prolongado no solo es esa intranquilidad y tristeza, sino también una preocupante falta de madurez de nuestra sociedad, porque está en nuestras manos construir un mundo nuevo.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

 

 

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