La sociedad frugal

Stendhal narraba en su libro Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio el vértigo, las palpitaciones y la confusión que le había producido su visita a la iglesia de la Santa Croce en Florencia, dando lugar al famoso síndrome que describe la patología de quien siente síntomas parecidos ante la exposición a la belleza de una obra de arte o a la acumulación de estas. Una experiencia personal la semana pasada me retrotrajo este síndrome, pero por otras circunstancias. Tras tres meses y medio sin acudir a comercio alguno más que los de pura alimentación y supervivencia, la semana pasada visité unas cuantas librerías y, cual fue mi sorpresa cuando mi reacción se asemejó a esos vértigos, confusión, palpitaciones y desconcierto, pero no por la belleza contemplada, sino más bien por la acumulación de opciones existente. Lo que hace un tiempo era casi imperceptible y sorteaba de manera casi instintiva, navegando entre la infinidad de posibilidades e incluso sintiendo la sensación de dominio y concentración ante el entorno, se tornó en algo casi insoportable y frustrante, una especie de selva impenetrable, inabordable e inescrutable. Un mar vertiginoso de cubiertas, colores, títulos, autores, imposibles de abarcar. Las largas visitas de antaño y el hojeo continuado dieron paso a una salida despavorida y visitas de escasos minutos que huían de la confusión.

Las librerías eran las de antes, pero no mis ojos ni mi cabeza que los miraban y experimentaban. Tras un tiempo sin estar sometido a la constante marea de lo novedoso y de la incitación constante al consumo, los sentidos se acostumbraron a lo frugal y ahora se confunden ante la opulencia y el exceso. Y no desean esa vuelta a la opulencia y el exceso, a los que no solo no han echado de menos, sino de más. La sociedad de nuestro tiempo es excesiva e inabarcable, aunque vivamos con la falsa esperanza de que podemos dominar y controlar ese exceso. Un exceso que ha inundado todas las esferas de nuestra vida, y que silenciosamente crea en nuestras existencias la constante insatisfacción y frustración de quien no puede conseguir todo aquello que se le muestra.

Una sociedad del exceso que despliega un “horror vacui” tan acentuado que no puede dejar hueco alguno ni en nuestro tiempo ni en nuestro espacio. Y en ese llenar huecos, lo sobresaliente se extravía entre la mediocridad y todo se confunde. Observando los cientos de libros expuestos, me pregunto cuántas joyas se están perdiendo mientras lo mediocre asalta las mesas de novedades. Cuántos autores y escritores han volcado sabiduría y tesoros en páginas que a veces ni siquiera son contempladas por las editoriales o perecen a las pocas semanas en un estante perdido.

Como anticipaba Francis Bacon, “el que gasta mucho a duras penas se preservará de la decadencia”. En un mundo dirigido por el gasto y por la novedad, resulta cada vez más difícil preservarse de la decadencia, de la vulgaridad y de la banalidad. Así que una vuelta a la normalidad basada en el consumo desaforado, en recuperar los negocios tal cual antes los concebimos, no hace más que volvernos al territorio de lo vulgar, de lo decadente y del empobrecimiento como seres humanos que buscan vivir en plenitud. Los ojos, los corazones y las mentes de muchas personas descansadas durante tres meses de la opulencia y del exceso se encuentran desencajados al comprobar que la inercia de volver a lo mismo comienza a imponerse de nuevo.

Parar la maquinaria del exceso no puede ser solo un espejismo. La sociedad ha de construirse sobre la frugalidad, que es donde está la verdadera riqueza del hombre. En el exceso todo es superficialidad, apariencia, banalidad, vulgaridad y competencia insana que agota y deja a las personas exhaustas. En el exceso hay más conveniencia que verdad, más egoísmo que cooperación, más mercado y menos corazón. Un modelo de sociedad realmente moderno ha de entender el progreso no como una acumulación de cosas, sino como una sociedad que se dota de lo justo y necesario. Ha de desterrar el exceso, la abundancia de opciones y la velocidad e impaciencia que hasta ahora se viven como centralidad y se entienden falsamente como principales actores de los avances, del sostenimiento económico y de la innovación. Lo queramos o no, los excesos siempre se pagan, porque suponen vivir por encima de las posibilidades, y tarde o temprano, lo acabaremos comprobando. Más vale comenzar a ser frugales.

 

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