De vuelta a los dilemas

Resulta extraordinariamente llamativo cómo nuestra sociedad actual, a pesar de hacer de la libertad de elegir y de la multitud de opciones a seleccionar una de sus principales señas de identidad, es incapaz de convivir con la existencia de dilemas. Los dilemas entendidos como situaciones en las que existen distintas posibilidades que presentan similares razones a favor o en contra para su selección existen desde tiempos inmemoriales, pero nuestros tiempos parecen evitar todo aquello que obligue a tomar decisiones donde entren en juego la responsabilidad moral, la asunción de incertidumbres y la renuncia.

En una sociedad tan inmadura como la actual, abordar dilemas nos enfrenta a dudas morales, a incertidumbres y a riesgos, y acrecienta el temor a asumir responsabilidades ante acciones cuya puesta en marcha no garantiza el éxito. La respuesta ante estos dilemas es delegar esas responsabilidades a expertos que solo ven una parte del problema, la de su especialidad, y que resuelven desde ese sesgo especialista, ocasionando en muchas ocasiones efectos secundarios que complican aún más las situaciones. Hoy son científicos, epidemiólogos y mañana serán economistas o miembros de otras disciplinas. Poco importa esto. Lo relevante es que ante un dilema profundo y de amplio alcance, nuestro primer movimiento como sociedad es mirar a los expertos y no asumir que esos dilemas poseen componentes de no objetividad y complejidades que inundan numerosos campos que no están circunscritos a un solo aspecto especialista.

Reconocer la existencia de dilemas supone comprender y aceptar que no existen soluciones perfectas, significa abandonar la falsa ilusión del experto que llega con la solución alquímica que todo lo resuelve, y reconocer en el otro y en nosotros mismos que al afrontar un dilema, se producirán perjuicios y errores, que habrá perjudicados y beneficiados.

Abordar los dilemas implica riesgos, valentía, renuncia, condición moral y ética, idea clara de bien común y asunción de responsabilidades. Tanto los sujetos de decisión como los objetos de ella deben ser conscientes de esta realidad cuando se ejerce la crítica y cuando se proponen soluciones alternativas. Mientras no comprendamos que la existencia del ser humano está sujeta a dilemas de más o menos calado, y que no existen fórmulas mágicas ni únicas para resolverlas, seguiremos navegando en los mares del desacuerdo y la división, y continuaremos eludiendo un verdadero progreso que beneficie a la mayor parte de las personas. Un progreso que, por cierto, en sus comienzos siempre nace de un dilema.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

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