Hacia una nueva universalización

“La sociedad no existe. Solo hay hombres, mujeres y familias”. Con esta frase expresaba Margaret Thatcher el papel que otorgaba a la sociedad en sus enfoques neoliberales que tuvieron su par reflejo los EE.UU. de Reagan, y que poco a poco se fueron extendiendo de la mano de economistas como Friedman y su escuela de Chicago por todo el mundo. Esas políticas fueron enterrando, palada tras palada disfrazadas de libertad individual, de meritocracia, de productividad, de riqueza, de progreso y de eficiencia, la idea de ciudadanía social que desde la Segunda Guerra Mundial se había ido construyendo con esmero de la mano de un liberalismo mucho más social, que entendía que la sociedad era un cuerpo básico y fundamental sin el cual no era posible la libertad real del individuo. Un entierro que cavó aún más profunda su fosa gracias a un economicismo exacerbado que medía todo en clave de rentabilidad, beneficios y utilidad, a una globalización que aumentaba la competitividad entre países y que llevaba a recortar gastos para atraer inversiones, a una potenciación de la economía financiera sobre la economía real y a un resquebrajamiento total de los sistemas comunistas con los que desaparecía cualquier contrapeso ideológico.

En todo este movimiento, subyacía además una curiosa paradoja porque a pesar de defender la individualidad extrema, mostraba una profunda desconfianza ante el propio individuo, al que consideraba incapaz de moverse y de producir cosas sino era a base de un incentivo económico. De esta forma, lo que eran redes de seguridad comenzaron a entenderse como subsidios que estigmatizaban, las políticas de empleo se transformaron en agresivamente activas y fomentaron que hubiera que aceptar cualquier trabajo porque de ello dependía la supervivencia de las personas, con el consecuente empobrecimiento social, pérdida de riqueza, desperdicio de recursos y frustraciones personales porque no se trabaja en lo que uno querría, le gustaría y para el que estuviera especialmente dotado.

El resultado ha sido una extensión cada vez mayor de la desigualdad entre los que están dentro y pueden financiarse los “servicios sociales”, y los que están fuera y no son capaces, con el agravante de que ahora los insiders también pueden convertirse en outsiders en cualquier momento, así que conviven con la espada de Damocles de una inseguridad permanente, de un vivir al día que aumenta su desesperanza. Hoy la sociedad no se puede permitir bajar dos días la persiana de un negocio porque apenas existe fuelle económico y se ve obligada a cerrar. Triste progreso donde trabajamos para sobrevivir, y cada vez peor. La precariedad se erige entonces en el signo de nuestros días.

Redefinir la idea de progreso más allá de lo económico, confiar en el individuo y en su capacidad de moverse sin el incentivo duro de lo monetario, redefinir la idea de ciudadano social, que por el simple hecho de nacer y ser humano, posee ya unos derechos y unas garantías que le permitirán no solo vivir para sobrevivir, sino desarrollarse en plenitud, y hacerlo en un plano más global con instituciones supranacionales que sean capaces de aprovechar lo bueno de un mundo mucho más conectado, son imperativos sobre los que deberían estar pensándose las nuevas sociedades modernas. No es momento de juegos florales, ni de perder el tiempo, sino de aprovechar la circunstancia para construir un nuevo sistema. No necesitamos una nueva normalidad, sino un nuevo mundo. Ya se hizo antes, ¿por qué no ahora?

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

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