Individuos jibarizados

Puede que no lo supiéramos, puede que lo supiéramos y nos autoengañáramos, pero los últimos acontecimientos la han hecho visible hasta para quien no deseara reconocerlo. En nuestro mundo eterno de paradojas, una se alza con especial estrépito en estos días. Aquel individualismo elevado a los altares, devenido en el nuevo opio del pueblo que ya no es pueblo sino corporación y mercado, ha empequeñecido tanto al individuo que lo ha dejado pequeño, jibarizado y liliputiense ante un panorama que le resulta inabordable. Mal que bien nos fuimos engañando a base de placebos rebautizados como emprendimiento, empoderamiento o autonomía. Nos hicimos creer que nada de lo que nos ocurría estaba fuera de nuestro control. Todo quedaba reducido a una cuestión de actitud, de cómo interpretar y reaccionar a lo que nos sucedía.

Quien no era capaz de responder adecuadamente o se mostraba sobrepasado por las circunstancias era señalado y estigmatizado porque el fallo o el error estaba en él. Así la amenaza invisible de la carga de la culpa del fracaso servía de motor. Pero como el fracaso es ineludible, había que justificarlo y revestirlo de un aurea de prueba de fuego que toda persona exitosa debería pasar. Entonces el fracaso se transfiguró en peldaño imprescindible para el éxito y se le otorgó buena prensa (siempre que el fracaso fuera narrado desde el prisma de quien luego tuvo éxito, porque nada se habla de los que fracasan de continuo). Idealizado el fracaso, ya solo faltaba una última viga para la coronación y sostenimiento del entramado, la libertad individual. Oponerse o mostrar cualquier idea que discutiera el hecho de que el ser humano es el responsable de lo que le ocurre, que él puede y debe modelarse y que todo es cuestión de actitud y trabajo se consideró un atentado directo contra la más absoluta de las libertades, la del individuo. Cualquier ideología de los últimos treinta años comulgó con esta concepción, poco importaba que fuera de izquierda, derecha o centro, hasta el punto hacer del propio concepto de ideología algo estéril frente a ese dogma indiscutible e indiscutido.

Así, el individuo de nuestros días se cree empoderado, autónomo y libre, reclama para sí miles de derechos casi individualizados, y denuncia casi todo porque cualquier movimiento de otro puede atentar contra su libertad. La paradoja es que cuanto más grandes pensamos que nos hacemos en nuestra individualidad, más pequeños nos hemos vuelto en ella misma, más insignificantes en el conjunto de la sociedad, más impotentes y frustrados.

Hoy más que nunca hemos observado nuestra pequeñez como individuos que erróneamente fuimos investidos como todopoderosos, y nos percatamos desde la angustia y la necesidad acuciante de que requerimos de los otros, de que solos no podemos, y probablemente tampoco queremos, de que necesitamos hombros a los que arrimarnos tanto física como metafóricamente. Nos damos cuenta de que es necesario recuperar el concepto de ciudadanía, ese que admite que nuestra libertad crece cuando respeta la de otros, que nuestro bienestar depende de cooperar y contribuir, de construir lugares comunes inclusivos y no exclusivos. Recordamos que necesitamos recuperar esa idea de ciudadano frente a la de consumidor, de relacionarnos y no de transaccionarnos.

Hoy, además, hemos apreciado la inevitable vulnerabilidad del ser humano, y también la peligrosa fragilidad sobre la que está construida nuestra sociedad actual, que sitúa a mucha gente antes impensada al borde de la exclusión social y que la deja sola precisamente por esa concepción predatoria y estigmatizadora del individualismo. El mundo es demasiado grande, está demasiado interconectado y resulta demasiado complejo como para abordarlo solo. Las personas crecemos y nos agigantamos en tanto en cuanto formamos parte de un núcleo social que colabora y que coopera. Solo de esta forma podemos comprobar que nuestro aleteo en algún lugar del planeta puede mover montañas. Solo así esquivamos las sensaciones de impotencia y de frustración que nos asaltan de continuo y solo así evitamos el peligro silencioso de dejarnos ir, de abandonarnos, de sentirnos minúsculos y pensar que nada de lo que hagamos cambiará situación alguna. Hoy más que nunca, toca ser grandes y dejar de pensar en el “¿Qué hay de lo mío?” para pensar en el “¿Qué hay de lo de todos?”, porque sin ello seguiremos haciéndonos tan minúsculos, que apenas ya seremos visibles para los demás. Hoy es momento de ser gigantes juntos y no individuos liliputienses y jibarizados.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

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