¿El verdadero progreso? Cada uno en lo suyo

El debate sobre qué significa el progreso y si esta época es la de mayor progreso es una constante. Y en él encontramos posturas para todos los gustos, posiciones que varían dependiendo de los avances que cada uno valora. Así, si unos defienden que vivimos más años y con más salud, otros alegan que este avance se circunscribe al aspecto físico, pero no al mental o espiritual, donde nos enfrentamos con cada vez más vacíos existenciales e insatisfacciones vitales que no indican precisamente progreso. Economía, política, educación, bienestar, igualdad, distribución de la riqueza, empleo, tecnología, medioambiente, etc. Infinidad de ámbitos y en ellos también infinidad de posiciones que disienten acerca de ese progreso. Progresar es caminar hacia un estado mejor y más desarrollado, pero la mejora de un aspecto puede empeorar otros. El progreso se entiende entonces como algo relativo y no absoluto. Un progreso que además es causa y es efecto. Empuja con sus mejoras hacia determinados valores y formas de vida, pero también es efecto al enfocarse en los espacios en los que la sociedad exige que se concentre. La sociedad vive en esa dinámica compleja de marcar terreno al progreso a la vez que es llevada a otros terrenos no previstos por ese aquello que progresa.

El progreso es, en definitiva, dialéctica constante entre los que ven avanzar las cosas en los ámbitos de su interés y aquellos que comprueban cómo se minoran sus intereses con dicho avance, porque priman y privilegian otros aspectos que quedan perjudicados por esa mejora.

Dentro de todos esos ámbitos en los que el progreso es medido, pocas veces comprobamos nuestras mejoras respecto a qué cantidad de tiempo vital dedicamos las personas a aquello que deseamos hacer, que nos desarrolla en plenitud, que conecta con nuestra esencia. Aquello que los antiguos griegos bautizaron como ocio, como ese espacio alejado del trabajo físico que todos los seres humanos deberíamos cultivar de manera personal, con el fin de alcanzar un estadio de realización superior. Un estadio personal y único para cada uno. El progreso, y más en nuestros días donde tanto se habla de Inteligencia Artificial y de robotizar funciones básicas, debería por tanto proporcionar más espacio para que el hombre pudiera dedicar cada vez más tiempo a su realización como persona y no a su rol de factor productivo entregado a la mera supervivencia “maslowiana”. Mirar desde esta perspectiva el progreso nos sitúa en el triste diagnóstico de que lejos de prosperar desde nuestros ancestros, parecemos estar aún peor. A pesar de todos los avances tecnológicos que debieran crear cada vez más espacios para la propia realización personal, somos cada vez más peones, actuamos más al servicio de la propia herramienta que nos debiera librar de esa esclavitud. Frente a la idea creada en el siglo XX de ciudadanía social y bienestar social, donde todos debiéramos tener un suelo de seguridad garantizado como ciudadanos, hoy las políticas sociales se entienden como limosnas o subsidios para mantener artificialmente al individuo hasta que vuelva a la rueda productiva. Estar en la rueda productiva es el objetivo. Y en esa rueda productiva, casi nadie se encuentra a gusto con lo que hace. La existencia se convierte así en un pasar en el que el supuesto progreso no ha hecho más que convertirnos en seres angustiados, que tienen el temor a la pérdida como triste motor de su vida.

La concordancia entre espacio, tiempo y cualidad sería en nuestro siglo XXI, y en cualquier otro, lo que bien podría definir una idea moderna de progreso. Dedicarnos a lo que deseamos y emplear el esfuerzo en lo que poseemos cualidades (que suele ir unido), hacerlo en el lugar deseado y en el tiempo adecuado constituiría una verdadera mejora del ser humano. Dejar de conducirnos por el valor económico, y extender la idea de valor más allá de lo que aporta rédito monetario. Trasladarnos de una visión economicista del mundo a una perspectiva humanista, donde la principal tarea es orientar el mundo al servicio de que cada ser social encuentre lo que pone en valor su cualidad y le permite desarrollarla, y no disponer cada ser social al servicio de lo que económicamente se valore en ese momento.  El verdadero progreso podría entonces resumirse en algo tan sencillo en apariencia y relevante en su fondo como poner a cada uno en lo suyo.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

 

 

 

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