A flor de piel

“En ebullición”, “a punto de” o “a flor de piel”. Cualquiera de estas tres expresiones populares serviría para renombrar el estado en el que nuestra sociedad actual se encuentra. Hemos vivido muchos años en una especie de limbo, en esa idea de “en suspensión” que tan bien definiera Maalouf, donde se aventaban alteraciones y movimientos que nunca acababan de producirse, donde se profetizaban cambios de sistema y, de una u otra forma, el sistema terminaba por reforzarse (basta recordar el mundo postcrisis 2008). Un tiempo en el que la sociedad encontraba un difícil acomodo porque convivía con una pesada y exasperante sensación de provisionalidad, con un extraño habitar en un “no lugar”, esos espacios que son de paso y que, inesperadamente, se hacen morada permanente. En ese “no lugar” nada se asienta, todo se discute, cualquier cosa parece mucho para quedarse en la nada y viceversa también, la nada se hace mucho. En el “no lugar” donde todo es tránsito no se avistan futuros, ni tampoco se acuerdan pasados, tan solo se está. Pero ese estar social en el “no lugar” no puede durar indefinidamente. Y en esas estamos ahora, en ese “a flor de piel”, en ese desplazarnos a un lugar que no sea de paso.

Ese magma social, ese movimiento de placas tectónicas que sucede bajo nuestros pies, eclosiona siempre de manera abrupta para sacarnos de esos “no lugares”, pero nunca es un hecho puntual, sino que se cocina a fuego más o menos lento, hasta que irrumpe con inusitada fuerza. Nada de lo que presenciamos y presenciaremos en un futuro ha nacido hoy, nada es hijo de pandemias, sino que proviene de mucho más atrás. Sin embargo, la pandemia ha profundizado aún más algunas cuestiones y, probablemente, en un corto plazo, cree tensas situaciones sociales de consecuencias imprevisibles. Inmigración, racismo, feminismo, ecologismo, avería en el ascensor social, brechas salariales, desigualdades en el mundo más desarrollado, estados del bienestar debilitados, educación segregada, sanidad desatendida, políticas familiares abandonadas, precariedad en el empleo juvenil, desafección de las instituciones y hasta de los sistemas (democracia incluida) … No es una realidad postpandemia sino el fruto de años de políticas hiper extendidas más allá de países y signos de gobierno relacionadas con los sacrosantos parámetros de la productividad, de la relación coste/beneficio y de una visión puramente economicista del funcionamiento del mundo.

La postpandemia acrecienta las diferencias y pone al mundo en general en una situación de mayor vulnerabilidad, de desorden y de totum revolutum, escenario ideal para que todo se mezcle y se confunda, tramoya perfecta para el surgimiento de redentores y salvadores peligrosos. Atender a las eclosiones, a lo urgente que va a ir brotando como efecto multiplicador a cada esquina será como apagar incendios con vasos de agua. Algo estéril que no provocará soluciones estructurales y que solo hará por agravar los daños. En la zozobra, en el sálvese quien pueda, siempre aparece el “¿qué hay de lo mío?” que acrecienta las desigualdades con aquellos que no tienen capacidad de organizarse, de llevar a cabo una acción colectiva poderosa, de tener presencia en los medios e influencia en los poderes. Es entonces cuando podemos encontrar las actitudes enfrentadas entre los insiders que desean que todo cambie para que todo siga como siempre, y los outsiders, que ansían una verdadera alteración del statu quo. Hoy todo confluye, y lo que antes no era epidérmico, ahora lo es, y se encuentra “a flor de piel”. Es equivocado hablar de reconstrucción en tanto en cuanto supone en el fondo una querencia inconsciente a la vuelta a lo anterior, pero ya desde antes de la pandemia, desde ese momento “en suspensión”, muchas de las realidades indiscutibles estaban siendo ya discutidas. Más bien debemos pensar en la construcción de un nuevo mundo, y en esa construcción, lo primero es edificar un marco de entendimiento común básico por encima de las ideologías, que permita encuadrar las prioridades para encarar el futuro desde una base común. No se trata de hacer política de tierra quemada con lo anterior, ni tampoco de conservarlo cueste lo que cueste, sino de encontrar el punto en el que mantener lo mejor y cambiar lo necesario. Pensar en una civilización que celebra las distintas culturas y no en culturas que expulsan a la civilización, abrazar lo local como componente indispensable para enriquecer lo global, sin necesidad de enfrentar ambas opciones, no debatir por competencias entre las distintas instancias municipales, regionales, nacionales y supranacionales, sino enfocarnos en que todas sean competentes. Un desafío tan grande y tan maravilloso no se resuelve enredándose en juegos florales ni en localismos de otros tiempos, sino mirando el gran cuadro que es el mundo y comenzando a pintarlo todos juntos.

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en articulistaxxi@gmail.com

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