Los nuevos napoleones

Aunque ninguna época repita exactamente acontecimientos anteriores, nunca resulta ser totalmente nueva. Nuestra avidez en tiempos convulsos (o al menos la de algunos) por encontrar paralelismos en tiempos pretéritos, por hallar luz perdida entre las páginas de algún libro olvidado es reflejo fiel de esa intuición humana de saber que alguien debió haber pasado por eso antes, de que somos especiales, pero no tanto, y de que en algún momento ya algunos debieron pensar acerca de circunstancias similares a las que hoy vivimos. En su Napoleón de Notting Hill, Chesterton imagina un nuevo Rey de Inglaterra cuya única ideología es el “humorismo” con el que cubre de banalidad los asuntos más relevantes. Como juego infantil y entretenimiento, convierte cada uno de los distritos de Londres en un reino independiente, les inventa su propia historia y designa un gobernador por cada territorio. La cosa se complica cuando el gobernador de Notting Hill no comprende ese “humorismo”, lo toma como misión cuasi divina, y todo termina con cruentas e innecesarias batallas con los otros reinos de Londres en defensa de la cultura y el sentimiento “nacional” de Notting Hill.

No nos es difícil poner cara ni nombres en países más o menos desarrollados de todo el mundo a ese Rey que banaliza aspectos nada banales de nuestro mundo, ni tampoco nos faltan napoleones dispuestos a hacer bandera de ese juego y trasladarlo a un plano casi existencial, para terminar convirtiéndolo en una realidad que acaba en desgracia. Estos reyes y estos napoleones siempre están acechando, son consustanciales a nuestra naturaleza, y cada cierto tiempo suelen aparecer y mostrarse rodeados de pasión, de lenguaje que parece decir lo que nadie se atreve, conversos adalides del pueblo y de las libertades perdidas, o como ellos matizan, hurtadas. Todo ello acompañado de grandes dosis de beligerancia, del desarrollo hasta el paroxismo del nosotros frente a ellos, del enemigo que altera nuestras esencias y lo que somos. Estos napoleones activan con sus acólitos el radar de injusticias, las contextualizan, ordenan y dotan de una épica emocional que poco a poco va ganando adeptos. Entretanto, el gran grueso de la ciudadanía contempla estos movimientos con una mezcla de pasividad y preocupación que se atenúa con el “esto no puede pasar aquí”.

Si la democracia y sus instituciones se muestran robustas, fuertes y poseen la confianza de la gran parte de los ciudadanos, y todo ello se acompaña de una cierta seguridad en el acceso a lo básico y a la protección social esencial (empleo, pensiones, educación, salud), los napoleones no pueden construir su imperio, y quedan aislados e incluso acaban ridiculizados en sus demandas. Sin embargo, cuando existe una desafección hacia la cosa pública y sus gestores, cuando el aparato administrativo es interpretado como ineficaz y se extiende la idea de que las instituciones apenas nos representan comienzan los problemas. Si a ello le adicionamos un periodo de convulsiones sociales porque esa protección social esencial se resquebraja, el problema se hace aún mayor. Es en ese río revuelto en el que los napoleones encuentran su ganancia. En ese río donde faltan referencias sólidas y sobran culpables, donde la veracidad cotiza a la baja frente al rumor, donde la ingeniería de lo propagandístico y del eslogan ganan a la fuerza de la razón, los napoleones se mueven como pez en el agua y se convierten en una opción que gente razonable puede llegar a ver como deseable. Pero eso que parecía deseable, cuando sucede, deja de serlo y, en cambio, tiene una marcha atrás dificultosa, dolorosa y duradera.

Hoy nuestro espíritu preventivo está centrado en la salud, asunto no poco importante, pero no estamos previniendo esa ingeniería de las ideas propagandísticas que van calando poco a poco, y que, a veces sin querer, son replicadas por personas moderadas que, desde sus responsabilidades, hacen de altavoces involuntarios a esos napoleones. Hoy volvemos a hablar de autoabastecimiento, de la necesidad de ser autosuficientes en todo, de los peligros de los intercambios comerciales con otros países porque nos hacen dependientes… En definitiva, bajo el camuflaje de la autosuficiencia y del manejo de nuestros propios asuntos sin injerencias, volver a levantar muros, a clausurar foros, … Hemos condenado a la globalización, a esa que hasta hace poco alabábamos como gran logro y ahora transmutamos en gran demonio. Y con ello a todas sus instituciones, esas que han permitido, por ejemplo, dar la cobertura para que crezcan miles de organizaciones e iniciativas de defensa de derechos humanos, civiles, políticos y sociales por todo el mundo. Nada es perfecto, y el mundo global tampoco, pero la solución no está en el encierro, en hacernos “naciones de clausura”, sino en buscar una apertura nueva y equilibrada con la justicia social como bandera. Volviendo a Chesterton, recordaba que la raza humana ha estado siempre entregada a juegos infantiles y que uno de sus juegos favoritos es el oscurecer el mañana. La pelota, como en el Match point de Woody Allen, está ahora en el aire. De nosotros depende aparcar los juegos infantiles, comportarnos como una sociedad madura y hacer que la pelota caiga hacia el lado correcto.

 

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