Liebres y tortugas

Si Esopo viviera en nuestros días, hubiera tenido que buscar un animal más rápido que la liebre. Demasiado lenta para el mundo dominado por el “equivócate, pero hazlo rápido”, por la adaptabilidad o por las metodologías ágiles como mantras reinantes. Probablemente, incluso, sería la liebre quien habría de ocupar el lugar de la tortuga, mientras que la tortuga habría tenido que extinguirse. Lo cadencioso transformado en exasperante, la espera interpretada como eternidad insoportable y el aburrimiento entendido como pérdida de tiempo conforman una buena parte de la genética de nuestra sociedad actual.

Tortugas, metafóricas claro, imposibles ya de ver, en peligro de extinción en tanto que las liebres, también metafóricas, resultan demasiado lentas. Velocidad y rapidez no son consecuencia, ni siquiera “medio para”, sino que se convierten en objetivos en sí mismos. Poco importa lo que hagamos, mientras que sea ágil y veloz. La vorágine tiene ese atractivo de hacernos sentir productivos en la superficie, importantes, imprescindibles, y extiende esa sensación de estar ocupados que nos despista de lo que no queremos abordar, de pensar y detectar cuál es nuestro verdadero lugar en el mundo. La rapidez camufla los temores, las renuncias dolorosas, porque dibuja en nosotros la equívoca impresión de que podemos llegar a todo, cuando en realidad, como recordaba Esopo, llegamos a nada y lo hacemos tarde y mal.

Como seres humanos y como sociedad, nos cuesta cerrarnos puertas, renunciar a opciones, y la rapidez aparece como el remedo de nuestras carencias e inseguridades, la fórmula mágica que nos permite hacer mucho más, disfrutar de mucho más, ganar mucho más sin renunciar a algo. Autoengaño travestido de efectividad.

Pero, de repente, de forma inesperada, la velocidad y la rapidez se ha convertido en algo inútil. Ir más rápido resulta entonces contraproducente. La velocidad imprimida nos propulsa a chocarnos más fuerte contra un muro recién levantado que hay que contemplar con detenimiento para hallar esas grietas donde, como dice la canción de Cohen, se deja ver la luz. Es la cadencia la que permite observar con perspectiva, no golpearse repetida y violentamente, a base de rapidez y agilidad, contra las realidades desconocidas surgidas de repente. Los obstáculos y las incertidumbres no se sortean con velocidad si no existe una perspectiva primero, que solo puede ser configurada desde la distancia que otorga la lentitud. Hemos confundido lo adaptativo con lo veloz, cuando resulta ser justo lo contrario.

Sin embargo, nuestro mundo ha devenido en un ecosistema hiper poblado de liebres que corren, que se golpean contra el muro desarrollando una actividad sin límites, cayendo en la desesperación y la frustración. Queremos adivinar y diseñar futuros en dos meses, llenamos nuestro día a día con una hiperactividad en redes nunca vista. La triste realidad, ya no metafórica, es que las liebres campestres no viven más de diez años (si no son antes capturadas, que suele ser lo normal), mientras que una tortuga libre vive al menos cien años. Lo nacido rápido muere con la misma rapidez. Y en momentos de incertidumbre, de alumbramiento, necesitamos repoblar nuestro ecosistema de tortugas que, aunque más lentas, construyan longevidades con el añadido de que, como recordaba Esopo, suelen llegar antes a la meta más importante.

Es tiempo de tortugas.

 

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