El empobrecimiento invisible

No aparece en estadísticas ni se refleja en el PIB ni en déficits ni deudas varias. Invisible en apariencia, inadvertido en los medios, existe y es real, lo sentimos y nos aprisiona como ese aire cargado, como esa falta de oxígeno apenas percibida, pero pesada como una losa. El confinamiento no solo ha destruido tejidos empresariales, minado confianza personal y grupal, acentuado problemas sociales y psicológicos y otras muchas consecuencias no tan inmediatas, pero probablemente más prolongadas en el tiempo. Ese ambiente denso y pesado del que es imposible escapar posee un alto componente de empobrecimiento cultural e intelectual. No una cultura e intelecto referida a lo selecto y al ejercicio reflexivo más profundo, sino al hecho más básico de provisión de alimento para nuestro espíritu, nuestras emociones y nuestra razón hecha realidad a través de la diversidad de temas que la sociedad crea a través de su funcionamiento, de sus interacciones y de las fricciones entre sus distintos actores.

Un empobrecimiento que nada tiene que ver con el mercado ni con la oferta, sino con la posibilidad de conversar, debatir, leer, escribir, ver y escuchar asuntos varios, diferentes y dispares que nos expandan, que nos liberen y alimenten. Padecemos de inanición de temas nuevos sobre los que charlar, discutir, confrontar y crear. El confinamiento no solo es o fue físico, sino también mental. La incapacidad de proveernos de un futuro, de ver pasar los días sin saber si decirnos un día más o un día menos porque desconocemos hacia dónde nos dirigimos, la impresión de irrealidad y de provisionalidad extraña y cada vez más permanente, comprime y confina también nuestra mente. Presos de esa realidad, el artista se siente bloqueado en su creación, el periodista solo informa de lo mismo y cada semana que pasa nos hacemos más pobres, cada vez nos sentimos más asfixiados. Sin dinámica social real, no solo virtual, sin sentirnos verdaderamente libres para movernos, para interactuar y friccionar nuevamente, nuestra despensa intelectual, emocional e intelectual se vacía y se caduca mientras se incrementa la impotencia del que crea y la pobreza invisible.

Pero más temprano que tarde comenzaremos a llenar la despensa nuevamente, proveeremos nuestros espíritus y mentes con viejos y nuevos alimentos, con nuevas mezclas y combinaciones antes no vistas, y el artista se sentirá creativo y el periodista hablará de millones de nuevas cosas. Y el aire flotará menos denso. Y seremos menos pobres. Seguro.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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