Palos de ciego

“¡Ay de aquel que navega, el cielo oscuro, por mar no usado y peligrosa vía, adonde norte o puerto no se ofrece!” Aquellos lamentos del soneto cervantino adquieren hoy una desconcertante fuerza descriptiva del estado en el que se encuentra nuestro mundo actual, como si esas palabras hubieran sido escritas antes de ayer y no siglos atrás. No, ciertamente no es una circunstancia nueva a la naturaleza humana, que en no pocas ocasiones ha tenido que navegar por cielos oscuros, por mares no usados, sin norte ni tampoco puerto. Pero no por sabido, no por conocido, deja de ser traumático para quienes toca sufrir tiempos así. No por conocido, cesamos de sentirnos únicos en nuestra tragedia. Y es que, en cierta forma, todo se parece, pero nada es igual.

La deriva antropocentrista de nuestros tiempos, donde todo gira alrededor del hombre, combinada con los extraordinarios e incesantes avances científicos, con una fe ciega en que el mercado todo lo arregla y con la relativa tranquilidad vivida en el mundo occidental desarrollado desde la Segunda Guerra Mundial nos trasladó la ilusoria idea de que éramos capaces de controlarlo todo, de prevenirlo todo, y de corregir cualquier mínima desviación con una rapidez inusitada.  Los datos convertidos en una nueva deidad que acompañan en ese trono a la tecnología habrían de esconder las claves y las soluciones. Los algoritmos y la inteligencia artificial serían las puertas que abrieran los secretos para anticiparnos a cualquier acontecimiento. Todo podía ser controlado y todo podía ser explicado. Al fin el ser humano podía sacudirse la incómoda sensación de la incertidumbre, de lo imprevisible.

Pero la vida no funciona así y nunca lo hizo. La vida es combinación de certezas e incertezas, de previsión e imprevisión. La existencia está repleta de esos mares no usados, de esas peligrosas vías en las que ni norte ni puerto se ofrecen. Nuestra memoria individual y colectiva lo sabe, pero lo aparca temporalmente como mecanismo de supervivencia. Nuestro problema es que nos engañamos, y olvidamos de que la vida y la existencia son frágiles, que el milagro de despertar cada día es eso, un milagro. Y que a menudo mucho de lo que nos sucede carece de explicación, y que se levantan muros invisibles en los que la ciencia encuentra su límite.

Dar palos de ciego nos resulta insoportable, o más bien intolerable. Creemos que todo es previsible y resoluble, y además de forma rápida. No perdonamos, ni nos perdonamos, la prueba y el error, el acierto y el fallo. Mezclamos la intransigencia con el desespero, la agresividad con la incomprensión y nos enzarzamos en crear dialécticas y enfrentamientos continuados, en ver todo en blanco o negro. Cargados de emocionalidad, desaparecen las tonalidades y los matices, y todo se presenta en bruto. Nos enredamos en las nimiedades de nuestro mundo conocido como si así fuéramos a salir de ese nuevo mar no usado, y lo único que provocamos es hundirnos más.

La humanidad tiene momentos donde ha de dar palos de ciego, ser comprensiva y paciente consigo misma, y hacerlo convivir con el dolor insoportable que los acontecimientos producen. Aceptar lo imprevisible supone entender que todo posee un tiempo para recolocarse, que desear corregir todo de un plumazo no solo resulta estéril y frustrante sino contraproducente, porque la precipitación agrava aún más las situaciones, las hace más insufribles y duraderas. Lo que comienza siendo una catástrofe natural no debe convertirse en una catástrofe provocada por el ser humano. Solo con paciencia se adquiere perspectiva, y solo con perspectiva se ofrecen soluciones nuevas que construyen puertos y nortes, aclaran cielos y hacen del mar algo navegable y no incierto.

Frente a la intranquilidad, sosiego. Ante lo nuevo, apertura. En la adversidad, inclusión y solidaridad. En la construcción, lo colectivo. Frente al nosotros y ellos, el todos. Ante la emoción desbordada, razón desarrollada. En la inmediatez, paciencia. Y, siempre, siempre, la libertad como bien supremo innegociable. Una libertad construida entre todos y para todos, que solo es de uno cuando se respeta la del otro.

Dar palos de ciego de vez en cuando forma parte de nuestra evolución porque a veces hemos de sentirnos perdidos para encontrarnos de otra forma. Ante lo imprevisto no existen fórmulas mágicas, porque el hombre no puede elevarse más allá de lo que es. Pero sí puede levantar su vista, divisar un poco más allá y otear horizonte, un fondo, un adónde ir y dónde atracar durante un tiempo. Porque no hay puerto seguro que mil años dure.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

 

 

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