En busca del nuevo Caballo de Troya

Estaba y está ahí, muy callado pero muy extendido. Estaba y está en los rostros de cada uno y en las conversaciones. El hastío y el cansancio de lo que no podía y no puede ser, de lo que no se puede mantener, entremezclados con la esperanza de un cambio, con el oculto deseo de que pasara algo que todo lo removiera, siquiera importa ya en qué dirección. Un cambio que no nos pidiera convertirnos en héroes individuales, que no nos exigiera una valentía por encima de lo corriente, que no arrojara todo el peso y responsabilidad sobre la espalda de cada uno. Un cambio que no dibujara en la lejanía el riesgo de la desprotección, del desamparo, del aislamiento y de la propia supervivencia. Un cambio que buscara otras fórmulas distintas del “todo o nada” y del “solo ante el peligro”. Un cambio que, al fin y por fin, encontrara una nueva forma de combinar lo colectivo con lo individual, sin enfrentarlos irremisible y eternamente, sino comprendiendo que no existe individualidad posible si no se encuadra en lo colectivo, y que no hay un bien colectivo sin el abrazo a la individualidad.

Como en cualquier época convulsa donde se avistan cambios importantes, y esta lo es, hay infinidad de temas que abarcar, demasiadas cosas a las que prestar atención, multitud de opiniones y previsiones. Mientras tanto, subyace la tensión entre quienes perciben esa abundancia de oportunidades y quienes subrayan y señalan amenazas, y expanden temores para mantener su statu quo, para conseguir que nada cambie. Y todo urgido con la prisa del saber que esas ventanas de oportunidad se cierran casi con la misma rapidez con la que fueron abiertas.

Salud, medioambiente, economía, empleo, protección social, bienestar, universalidad, sistemas políticos, valores sociales, educación, inmigración, el papel de los actores sociales y políticos, los medios de comunicación, las fronteras, el comercio, la tecnología, relaciones intergeneracionales, rol de las familias, integración social, desigualdades, feminismo… Todo se viene así en nuestros días, revuelto y mezclado. La convulsión todo lo expone y lo muestra en su crudo aspecto para que una nueva realidad pueda ser construida.

Y en eso que es convulso, se hace necesario como nunca enmarcar y centrar. Agrupar las injusticias y los agravios, salir del juego corto y de las inercias, de las identidades encastilladas, y crear vínculos que proporcionen un discurso y una propuesta coherente que cale en la sociedad, que la mueva y que la conmueva. Nuestro maltrecho Estado del Bienestar nació de arriba abajo cuando, aún en plena contienda mundial, allá por 1942, Beveridge creó su famoso informe que fue llevado a cabo por el gobierno con el acuerdo de todas las fuerzas políticas y sociales, y que extendió su espíritu y filosofía a la reconstrucción europea de postguerra. Sin embargo, poco se parece nuestro panorama polarizado y beligerante, con una acuciante y grave desafección hacia las instituciones, a lo que se vivía en aquellos días. El tiempo y la situación deja entonces la puerta abierta a la aparición de un nuevo Caballo de Troya que, bajo su inofensiva apariencia, puede provocar un cambio sustancial y progresivo, donde un logro empuja al otro como fichas de dominó que van cayendo hasta edificar una nueva circunstancia.

¿De dónde provendrá? ¿Quiénes serán sus protagonistas? Interrogantes los hay a miles, pero hoy casi todos se nos muestran sin respuesta evidente. No resulta improbable, sin embargo, que surja sin grandilocuencias ni aspavientos como forma de sobrevivir, como camino natural para esquivar reticencias y resistencias. Un Caballo de Troya de objetivos inicialmente concretos y humildes, pero que tras su consecución puede desplegar un vasto campo de nuevas opciones de cambio, abrir nuevos flancos, mostrar otras debilidades del sistema ahora invisibles y encontrar nuevos aliados impensados dentro de ese mismo sistema.

El Caballo de Troya no ha de ser producto de la inercia, sino que ha de ser buscado activamente. Debe alejarse del oportunismo y de las miradas escuálidas y limitadas, para cultivar una perspectiva amplia y comprensiva de lo que tras de él vendrá y le sucederá, que poseerá un calado más profundo y permanente. El Caballo de Troya es el primer paso de los miles que habremos de caminar juntos para transformar nuestro mundo, para borrar de nuestros rostros ese hastío y cansancio de lo que no puede ser para convertirlo en un nuevo ser. Y ahora ¿qué toca? Buscarlo, buscarlo con ahínco.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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