Volver

Esperanza y temor, alegría y tristeza son fieles acompañantes del volver. El regresar a lo que atrás quedó, por más o menos añorado que sea, se baña siempre en ese río ambivalente de sensaciones que bajan muy juntas y muy revueltas, y que lo hacen aún más cuando el momento de retornar se divisa al frente. Desubicados y descolocados, nos mostramos ante ese volver con el extraño sentimiento de estar en medio de la nada, ni de un lado ni de otro. En el navegar por ese río revuelto, divisamos ya más cerca la orilla donde antes vivimos, aquel territorio firme que hasta hace poco ansiábamos pisar de nuevo, y el súbito impulso de la antigua rutina nos lleva a asirnos a ella con fuerza. Pero, de improviso, un impulso fuerte y caótico nos empuja a entregarnos otra vez a la corriente, a sobrepasar la antigua ribera y encontrar una nueva en la que fondear.

Volver supone dejar atrás ese algo nuevo que acabamos de conocer y con lo que comenzábamos a conciliar. Significa interrumpir un camino que nos dirigía a aquellos territorios inexplorados en los que el miedo disfrazado de excusa nos impedía adentrarnos. Una senda que, con sorpresa, descubrimos ya no era tan terrible como pensábamos, sino que abría paisajes y perspectivas que nunca imaginamos. Por eso el volver es, a menudo o siempre, un poco triste.

Pero volver es también reencuentro con lo que nunca quisimos perder, y que de repente perdimos. Recuperar lo que estuvo, lo que se extravió que vuelve a ser encontrado, lo que fue y sigue siendo querido, todo eso se viene con el regreso, y todo eso es alegría y esperanza. Esperanza de que lo bueno que tuvimos permanezca allí, incólume y perenne, tal y como lo dejamos, esperando a ser revivido, a restaurar el “como antes”. Y al lado de esa esperanza habita el temor de su contrario, de que nada fuera “como antes”, de que lo perenne fuera marchito, de que lo bueno fuera irrecuperable porque su tiempo ya pasó.

Volver es un recuerdo de la maravillosa ambivalencia con la que las personas estamos modeladas y cinceladas. Reconocer, sentir y abrazar esa ambivalencia no es más que permitirse ser plenamente humano. Y pocas cosas hay tan ciertas como que nunca volvemos como nos fuimos. Volver.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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