El futuro no es de los profetas

Pocas cosas resultan tan prolíficas para el surgimiento de profetas como los tiempos de shock. Igual que sombra y humedad resultan condición indispensable para el brotar de setas y hongos, así las crisis cobijan bajo sus sombras y sus incertidumbres la aparición de profetas, algunos nuevos y otros ya recurrentes. Profetas no solo circunscritos a personas de carne y hueso, sino desde hace ya un tiempo extendidos a empresas e instituciones varias. Profetas que en mayoría engrosan la lista de aquellos apocalípticos que hace ya unas cuantas décadas describía Umberto Eco frente a esos otros integrados. Nubes negras, peligros y catastrofismo atraen nuestra atención sobremanera, abren puertas mediáticas e hipnotizan a esa opinión llamada pública.

Ser portador de malas noticias, de malos augurios, tiene un appeal irresistible, porque son sus beneficios muchos y diversos, y escasos sus costes. El profeta atrae para sí la atención, que se hace mayor cuanto más apocalíptico sea, siempre dentro de límites tolerables (que, por cierto, son cada vez más amplios). Si el desenlace es igual o peor de lo pronosticado, de súbito emerge un aura de respeto y de admiración alrededor de él, y se convierte en un moderno alquimista al que atribuimos la posesión de extrañas facultades. Un personaje que posee los secretos de una extraña formulación que combina ingredientes de ciencia, esoterismo y superpoderes escapados al resto de los mortales. Pero si lo que resulta dista de lejos de ser tan apocalíptico, la sensación de alivio por haber esquivado lo catastrófico despliega en la sociedad el velo del olvido sobre aquellas predicciones, que quedan sepultadas en el polvo de las hemerotecas o en las últimas páginas de nuestras “digitecas”. Allí, lejos de nuestra atención y de nuestra vista, en las páginas cuatro, cinco, seis… de nuestros resultados de búsqueda, yacen en silencio miles de profecías incumplidas que tiempo atrás llenaron nuestro espacio mediático y nuestras vidas de temores y de angustias innecesarias.

Profetas poseedores además de la curiosa facultad de la intolerancia a sus propios errores. Es en ellos donde el sesgo de confirmación toma cuerpo con más profusión. Incapaces de reconocer los hechos, se muestran dispuestos a cambiarlos, a encontrar efectos secundarios, informaciones no atendidas o circunstancias externas no previstas para explicar a quien desee oír que aquello que profetizó se cumplió, al menos en parte, o está en curso y tardará un tiempo más, pero llegará. Así que si de algo carecen esas profecías es de fecha de caducidad. Permanecen en el olvido y, si en algún momento algo que aparece en el horizonte se asemeja a lo predicho tiempo atrás, el profeta lo rescata con un “ya os lo dije”.

Profetizar resulta entonces una apuesta barata y segura para quien la hace, pero costosa para la sociedad que lo soporta. Lo profetizado crea ambientes, climas que afectan a nuestro estado de ánimo, a nuestras perspectivas de futuro y expectativas. Modela opiniones y a veces, aunque por fortuna las menos, puede provocar profecías autocumplidas y llevarnos a los abismos pronosticados.

Los modernos Nostradamus campan ahora a sus anchas en estos tiempos “pandemizados”, con abundancia de foros y pantallas donde intervenir desde los salones de sus casas, mientras miles de personas contemplamos, vemos, escuchamos e ingerimos sus predicciones casi como menú diario. Y aún peor, los compartimos sin remisión a través de las incontables listas de distribución, de grupos o de chats, para transformarnos en involuntarios mensajeros. Pero esa ingesta nos deja siempre al borde del precipicio, al punto de la caída libre a un pozo del que no avistamos fondo alguno. Una ingesta de mala digestión que polariza, que enfrenta, que enfada y que desmoraliza a partes iguales. Pero el futuro no es algo dado, ni se encuentra ya escrito en algún lugar oculto, en páginas sagradas custodiadas en pedestales y vitrinas a las que tan solo acceden unos pocos profetas privilegiados. El futuro no es un espectro ajeno que se configura lejos de nuestro alcance para luego cernirse sobre nosotros sin remisión. No, el futuro es algo en continua construcción que vive con nosotros, hombro con hombro, a cada minuto y a cada día, que se imagina desde el hoy contando con el ayer, que se crea ahora, aquí, en este momento, y que se edifica entre todos. Alejarse de lo apocalíptico sin perder de vista la realidad, dejar de acentuar lo catastrófico que nos separa, mudar lo malo y conservar lo bueno. No, decididamente el futuro no es de los profetas.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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