La vida insegura

El transcurrir del ser humano ha sido y es una escalada desesperada e incesante en búsqueda de certeza y de seguridad. Es desesperada porque pocas cosas angustian más a nuestra naturaleza que la incertidumbre y la inseguridad, y es incesante porque a cada certeza lograda, a cada momento de seguridad alcanzado, aparecen nuevos espacios, situaciones e interrogantes que abren vacíos inéditos no previstos que tendemos a rellenar.

La incapacidad innata de aceptar esa inseguridad se convierte de esta forma en motor de cambio social. Las acciones que rellenan esos vacíos para combatir la incertidumbre terminan por convertirse en aquello que llamamos “normalidad” en cuanto son aceptadas por la gran base social. Y es que la “normalidad”  es algo entrecomillado porque no es un valor absoluto, no es un hecho objetivo que nos es dado, sino más bien un constructo social, un conjunto de parámetros que aceptamos para garantizar precisamente esa certeza y seguridad anhelada que nos permite un desempeño y convivencia armónica como sociedad.

Rellenar esos huecos en pos de lo seguro ha empujado nuestra evolución social, y esos límites que nos damos para garantizar una cierta seguridad han permitido acompasar y resolver los conflictos entre nuestra libertad como individuos y el respeto a la libertad de los otros. Es en ese difícil, frágil y cambiante equilibrio entre seguridad y libertad donde nos movemos habitualmente como sociedad. Dos conceptos, seguridad y libertad, que no son dialécticos o antagónicos puros puesto que difícilmente pueden convivir el uno sin el otro. Es inviable apelar a una libertad individual absoluta, porque nuestra libertad absoluta cercena la del otro, y viceversa. Paradójicamente, la absoluta falta de seguridad, de límites y control juega en contra de nuestra libertad. Igualmente, una total ausencia de libertad convierte nuestra sociedad en altamente insegura puesto que nuestra tendencia a la búsqueda de la libertad encontrará caminos que estén al margen de la norma y creen más inseguridad.

Pero ese equilibrio necesario es altamente inestable, peligrosamente voluble. Y lo es en muchas ocasiones de manera imperceptible hasta que se convierte en norma. Cuestiones que hasta hace poco nos pudieran parecer distópicas, harto improbables y regresivas, pueden convertirse en “normalidad” en menos tiempo del que creemos. En la lluvia de propuestas que se suceden para cubrir esos huecos vacíos y proporcionar seguridad y certidumbre, algunas calan por muy disparatadas que pudieran parecernos. Y frente a nuestros ojos y con nuestra pasividad acrecentada por la incredulidad del “eso es imposible que pase en nuestros días”, presenciamos una batalla de intereses de lobbies, de grupos de interés, de gobiernos y de otros agentes que tratan de moldear esa nueva “normalidad” a su gusto, y sacar el máximo provecho de ese río revuelto.

Todo comienza por inocular el temor y el miedo por la posible pérdida del statu quo, por extender la idea de que nuestra integridad personal, nuestro propio orden social y nuestra propia existencia se encuentran seriamente amenazados. Un movimiento que se acompaña del señalamiento a un causante, visible o invisible, al que se le califica como enemigo, recurriendo a las estratagemas bélicas para convertir al individuo pensante y crítico en masa irracional, irresponsable y manipulable. Un movimiento que cierra el círculo con una justificación de que todas las iniciativas tomadas son “por nuestro bien”.

Así, lo que hasta hace poco parecía imposible, termina empedrando la sociedad por la que nos paseamos y vivimos. Lo que un día fue distópico se convierte en normal, mientras aquel discurso que poco tiempo atrás resultaba racional y de sentido común se transmuta de repente en algo subversivo y revolucionario que queda silenciado en el mejor de los casos, y perseguido en el peor.

En cuestión de equilibrio entre libertad y seguridad, entre esas dos caras indisolubles de una misma moneda, el paso de los tiempos nunca garantizó el progreso automáticamente. Si algo nos ha enseñado la historia es que ninguna sociedad, ninguna época está a salvo de vivir retrocesos. Poco importa que sean guerras o pandemias. Si el acontecimiento crea vacíos amplios de incertidumbre e inseguridad, como ocurre hoy, surgen actores dispuestos a rellenar esos huecos “por nuestro bien” y construir una nueva “normalidad”. En nuestro tiempo temeroso e hiper preventivo, se avistan peligros de control y estigmatización relacionados hoy con la salud y mañana quién sabrá. Y escondida tras ellos, una tecnología que promete ofrecer soluciones que nos preservan, que nos protegen, y que se ponen a disposición de los gobiernos, sin saber muy bien quién está al servicio de quién y de qué.

Lo que nos jugamos hace ya un tiempo que dejó de ser un asunto de salud para convertirse ya mismo en cuestión económica, y mañana en asunto de libertad. El individuo y la sociedad encuentran su mayor prosperidad y avance cuando aceptan que la vida es insegura de por sí, cuando son conscientes de los riesgos que nos rodean pero no se entregan al miedo ni al temor, cuando no permiten que la prevención se convierta en el elemento director de sus vidas y de su funcionamiento.

La vida que merece la pena ser vivida siempre fue, es y será insegura.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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