Esperanza de vida y vida con esperanza

Prolongar la existencia, estirarla al máximo, y hacerlo de forma continuada para ir apilando un año sobre otro en incesante escalada. Vivir más tiempo, esa aspiración de eternidad tan humana que tiende a ser eterna, se presenta ante nuestros ojos como uno de los grandes logros evolutivos de nuestra moderna sociedad avanzada. Un logro convertido en fin en sí mismo, en algo que es tangible y medible, en algo que es representable en gráficos y curvas, en algo que se puede presentar, que se puede entender. Miramos por la duración de lo vivido, pero olvidamos aquello que es vivido. Obsesionados por la esperanza de vida, se nos acumulan los años, pero no la esperanza. De tanto hablar de esperanza de vida, se nos despistó el vivir con esperanza.

Es la RAE quien nos recuerda en su primera acepción que la esperanza es el estado de ánimo en el cuál se nos presenta como posible lo que deseamos. Habríamos entonces de preguntarnos cada uno de nosotros dónde se alojan esos deseos, si es que aún los mantenemos, cuán posible resulta alcanzarlos ahora, y en qué estado de ánimo nos deja nuestra situación. Esos años que almacenamos, que apilamos uno encima de otro, se muestran riesgosamente vacíos, peligrosamente autómatas, preocupantemente huecos de anhelos, inapetentes de esperanza. Nunca fue tan popular y temido el regret anglosajón, ese vocablo que en sí mismo es un universo infinito donde gravitan todos esos sentimientos, emociones de tristeza y melancolía, todos esos lamentos por no haber hecho aquello que deseábamos hacer. Crece la esperanza de vida que, paradojas de nuestro tiempo, está más llena que nunca de desesperanza. Añadir más tiempo, más vida, ha quedado tristemente relegada a una cuestión de física, de matemática, de materia biológica. Sin embargo, de poco o nada sirve comprar más campo, más hectáreas, si no las cultivamos. Nada crece donde nada se siembra. O peor, crecen las malas hierbas no deseadas.

Pero la esperanza está más viva que nunca, tan solo hay que desperezarla. Está en esa infancia que no se hace mayor antes de tiempo, que no es entendida tan solo como una etapa hacia la adultez, sino como un momento vital con identidad propia, con sus reglas y con sus tiempos, que no son los mismos que los de sus mayores. Un espacio donde la reina es la imaginación y no la programación. Esa misma esperanza que se halla en los jóvenes cuando se les permite ser incómodos, cambiar las cosas, protestar y proponer, desafiar y romper lo establecido para construir su propio tiempo. Cuando se les escucha y otorga espacio para encontrar su relevancia y sentir que las cosas pueden y deben ser evolucionadas.

Esa esperanza descansa también en una adultez que no trabaja para sobrevivir, sino que encuentra en ese trabajo un medio para expresar y extender aquello que se es. Que divisa en ese “llegar a ser”, en esa aspiración íntima, particular y profunda su principal incentivo, lejos ya de una competencia despiadada y endiablada, de una meritocracia sesgada y subjetiva que solo mide aquello que es “útil” en apariencia, que troca ese “llegar a ser” que inspira y moviliza por un “lo que esperan que lleguemos a ser” que encorseta y limita. Descansa en la certeza de que algunas cosas perduran, de que no todo será envuelto en una espiral cainita de “destrucción creativa”.

Una esperanza que aún anida con fuerza en esa vejez que es escuchada y no silenciada, respetada y admirada, acogida y abrazada, no arrinconada ni escondida. Una vejez que recupera su lugar central de sabiduría, que da y reclama la caricia y la ternura, que hace del cuidado un fundamento de nuestra sociedad. Una vejez que no se disfraza de eufemismos, que no camufla en lo cosmético su tiempo vivido, que no deja espacio para lo que pudo ser, porque ha sido, es y continúa siendo.

En todo esto y mucho más habita la esperanza con la que se rellena una vida, con la que los años dejan de apilarse uno tras otro, dejan de acumularse como trastos polvorientos inútiles para coleccionarse como preciosos tesoros transformados en recuerdos que salen a nuestro encuentro a cada poco tiempo.

Hacer que no solo crezca nuestra esperanza de vida, sino también nuestra vida con esperanza es nuestro gran reto como individuos, como colectivo, como sociedad, como cultura y como civilización. Una utopía preciosa que perseguir, una esperanza también en sí misma ¿Acaso no hay mejor momento que este para ponernos a ello?

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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