El ‘no’ a una época y el momento intelectual

“Me había sacudido la carga que me aplastaba el alma y me había restituido a mí mismo; en el mismo instante en que mi interior había dicho ‘no’ a la época, había encontrado el ‘sí’ a mí mismo”. La confesión de Stefan Zweig que entrecomilla este comienzo brotaba de la necesidad de zafarse del malestar de no concordar con la época que le tocaba vivir, de asumir la importancia de poner voz a aquello que navegaba contra la corriente de la gran masa ruidosa que se conjugaba y desplegaba a golpe de inercias.

Decir ‘sí’ a uno mismo supone casi siempre decir ‘no’ a una época, o cuanto menos a una parte importante de ella. Situarse frente a frente con lo establecido y afrontar el dolor silencioso y el silencio doloroso de ser incomprendido, criticado o apartado. El ‘sí’ a uno mismo y el ‘no’ a una época reclama la valentía de los héroes verdaderos, ahora que esa palabra parece gastada y casi de saldo. Esos cuya historia nadie cuenta, aquellos cuyo relato, otra palabra de rebajas también, se escribe con letras invisibles y calladas, pero indelebles a la vez. Personas que se alejan de la épica, del revestimiento hueco para expandirse a través de la intimidad, de la conversación personal, de la humildad, del compromiso y la coherencia. Gentes que no temen cambiar de opinión, que divisan una civilización que une y no miles de culturas que separan. Individuos que antes, durante y, sobre todo, después de los momentos de shock, mantendrán su lucidez, preservarán la frescura de su pensamiento retador y desoirán los cantos de sirena dirigidos por los vaivenes emocionales que entablan el peligro de dirigir nuestra nave a los polos, a los extremos.

Son esos pensadores e intelectuales opacados por una época de mainstream y ruidosas hipérboles los que desde la retaguardia han de emerger en el segundo acto de esto que nos sucede, que han de huir del oportunismo que llenará librerías y pantallas anunciando el comienzo de un nuevo tiempo, de una nueva época. Decir ‘no’ a una época es también decir no a esa masa para buscar la razón y la emoción más profunda y duradera, esa que anida en la esencia del ser humano y que permite construir un futuro con una fecha de caducidad que no venza siquiera antes de haber comenzado.

De ellos requerimos templanza, quietud y paciencia. Templanza, quietud y paciencia que no riñen con la inacción, pero que tampoco casan con la hiperactividad desbordada y desbordante tan propia y contraproducente de nuestros días. De ellos precisamos el surgir de preguntas que nos tambaleen para luego hacernos enderezar mucho más firmes. De ellos aguardamos la reflexión que es capaz de poner en palabras lo que muchos cientos son incapaces de ordenar y expresar en sus cabezas y en sus bocas.

Ellos están, siempre han estado y siempre estarán. Como los poetas, nacen y se reproducen pase lo que pase, aunque vivan de continuo en peligro de extinción. Ellos son los creadores de la tecnología más importante y avanzada que vamos a necesitar en estos momentos venideros, las ideas. Hemos de buscarlos bajo el ruido y lo mediático, permitirles su tiempo y su espacio, abrazar sus contradicciones y, sobre todo, leerlos y escucharlos sin temor ni condicionantes, con la curiosidad de ver luz en una etapa desconocida que juntos hemos de crear.

Ninguna carta está marcada, ningún destino ni rumbo ha sido fijado. Será lo que deseamos que sea como civilización, como sociedad, como compañeros, como amigos, como familia, como individuos. El cambio podrá ser o no ser, profundo o superficial. Y ese futuro, ese porvenir será utópico o distópico, humanista o cientifista, global o local, abierto o proteccionista, bilateral o multilateral, público o privado, fracturas estas y muchas otras que nos encontraremos y que habremos de resolver. Y entre el nada va a cambiar y el todo será diferente, entre el cerril conservadurismo de aquello que ya no funciona y el cainismo interesado e inconsciente del ‘todo abajo porque sí’, habitan intelectuales y pensadores que, lejos del fervor y emoción del momento, atisban formas diferentes y distintas de resolver esas fracturas, y que han de conducirnos a un mundo diferente, en el que muchas de nuestras escalas y valores serán removidos para intentar crear entre todos un mundo un poco mejor, un poco más humano, cálido y afectuoso.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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