Empleocéntricos

“Es el empleocentrismo, estúpido”, podríamos decir parafraseando aquella famosa sentencia de “es la economía, estúpido” que con tanto éxito empleara Clinton en su campaña electoral a la Casa Blanca allá por el año 1992. Cuán errados estábamos al creer que éramos antropocentristas herederos de aquella centralidad humana surgida en el Renacimiento. No, el individuo ha sido desplazado del centro, de su ansiado cetro, que ha sido tomado sigilosa y progresivamente por el empleo.  Los seres humanos gravitamos ahora en su órbita y bailamos a su son. Todos, sin exclusión. Del rico al pobre, del empleador al empleado, nadie se libra de esa gravitación. Si buscamos la causa principal de nuestra zozobra, inquietud, incertidumbre y desorientación en este confinamiento involuntario e imprevisto no encontraremos una mejor que el empleocentrismo.

Es el temor a perder el empleo, convertida desde mucho tiempo atrás en la única fuente de supervivencia y “bienestar”, el que crea esa inquietud e incertidumbre. Es la centralidad que ocupa en nuestras vidas lo que nos hace auténticamente inútiles para rellenar nuestra vida sin él, y el que nos torna incapaces de orientarnos cuando desaparece de nuestro horizonte. Sin esa centralidad, no sentiríamos ahora esa desubicación, ese no saber qué hacer que nos desliza entre la acción desmesurada y el dejarse ir, ese desencaje incómodo y desasosegante, esa visión del futuro opacada, gris y difusa.

Desde la Revolución Industrial a nuestros días, el empleo fue tomando cuerpo y forma hasta ser el principal pasaporte para el bienestar, para ser parte del “artificio social” creado, para sentirse integrado y valioso, para obtener seguridad y sobrevivir. Sin empleo no accedemos al club. Ese mal llamado Estado del Bienestar que parte en dos a la población, los insiders y los outsiders que llaman los anglosajones, premia a los empleados y castiga a los desempleados. El empleo es el pase al falso paraíso, y no tenerlo es vivir en la periferia, en la desprotección. Las políticas sociales de todo el mundo desarrollado han orbitado alrededor de la nociva idea de que es la creación de empleo la mejor vía para alcanzar el bienestar. Y el resto son migajas o caridad que se da a los que no lo consiguen. Y es esa dependencia del empleo, esa macro orientación injusta, desigual e inequitativa la que realmente nos ha hecho vulnerables como humanidad, dependientes en exceso y frágiles.

En un mundo cada vez más mercantilizado y economizado, donde reina la eficiencia, el empleo tan solo es el aval temporal para convertirse en un factor más de producción que es cuidado mientras es “útil” y rentable. Los beneficios sociales obtenidos son otorgados en función de la contribución que hacemos en nuestras vidas, de lo que producimos. Cuando esa cadena se rompe, y quedamos fuera, somos arrojados a la periferia, a lo subsidiado, y se nos incentiva a formarnos más, aprender más para recuperar el pulso y volver al engranaje.

El empleocentrismo es una rueda del hámster, una carrera competitiva endiablada, inhumana y sin fin, que pone a las personas al servicio de las herramientas. Y que las hace vivir permanentemente al filo del abismo, de la incertidumbre y la angustia por poderse quedar fuera de ese bienestar de un plumazo.

No, la mejor política social no es crear empleo mientras el trabajo siga siendo un factor productivo más como la tierra o el capital de antaño, que puede ser gestionado con la idea de eficiencia y rentabilidad exclusivamente económica, y que promueve la formación y la educación como una herramienta al servicio de esa productividad. El empleocentrismo ha cercenado nuestras capacidades humanas infinitas de creación, de expresión, de arte y nos ha hecho dependientes, débiles, inseguros y competitivos. Ha alterado nuestra escala de valores para hacernos perseguidores de lo tangible, de lo material, de lo superficial y del mérito. La única diferencia entre antes del virus y después del virus es que esta realidad que ya existía, de la que algunos académicos, ensayistas y escritores hablaban, y que muchas personas ya padecían, es ahora, de repente, una incómoda verdad para millones de hogares.

Uno de los grandes cleavages o fracturas que puedan llevarnos a una sociedad y humanidad distinta es precisamente el arrebatar ese cetro nuevamente al empleo, y colocar en el centro otras cosas, no solo a la persona, sino su relación con ella misma, con su entorno y semejantes, con aquello que crea (el arte, la tecnología,…) y con la naturaleza que la rodea y acoge. Y sí, yo creo en las utopías.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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