El “no lugar”

Un tránsito. Un trasiego incesante que nos sitúa de continuo en el mismo sitio. La ausencia de referencias comprimida en un espacio que resulta vacío, sin perspectiva ni retrospectiva. Un agujero negro donde la densa concentración de temores y desorientación crea un campo gravitatorio del que no avistamos escapatoria. La angustia del tiempo que se escapa combatida con una acción por la acción, sin más sentido que mantenerse en movimiento.

Es el “no lugar”. Espacios de transitoriedad circunstanciales de los que hace un tiempo hablaba el antropólogo francés Marc Augé. Espacios sin suficiente entidad para ser denominados lugares. Espacios de paso que no propulsan relaciones profundas ni poseen raigambre. Autopistas, supermercados, hoteles, aeropuertos, vehículos, transportes públicos, centros comerciales y hasta las propias calles y edificios. Nuestro panorama urbano, social y vital se plagó de ellos hasta convertirlos en parte primordial de nuestro paisaje existencial, un paisaje trasladado de forma indisimulada casi por entero a esos espacios “masificadamente vacíos”.

Convertidos esos “no lugares” en nuestro hábitat natural, descubrimos desde nuestro obligado confinamiento que nuestra casa, nuestras familias y nuestra vida han sido también tristemente contaminados por esos “no lugares” y convertidos en otro “no lugar” más. Al estilo de aquellos hombres grises que poblaban las páginas de Momo ataviados con un bombín y cartera de cuero, y se extendían silenciosamente por toda la humanidad para convencer a los hombres de que el tiempo es oro y de la necesidad de ahorrarlo, así también se han ido colando esos “no lugares” en nuestra existencia que acumula, guarda y se reserva afectos, tiempo, cariño, ternura, ocio y otros maravillosos tesoros para un mejor momento que nunca llega. “Pero el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón. Y cuanto más ahorraba la gente, menos tenía” escribía Michael Ende en esas mismas páginas de Momo.

Abandonar los “no lugares” para volver a los lugares con mayúsculas, al hogar, a la familia, al barrio, al ocio real. Para regresar a esos espacios ahora convertidos en vacíos y que nunca debieron estarlo. Eso es la vida, y eso es lo que reside en nuestros corazones. Corazones tristes, angustiados, infelices y ocupados copan el mundo de las personas en Momo cuanto más tiempo se empeñan en ahorrar. Los mismos corazones tristes, angustiados, infelices y ocupados que laten en nuestro interior cuando habitamos en los “no lugares”.

Hasta ahora nuestras casas han sido tránsito, velocidad, actividad desenfrenada, extensión de nuestras ocupaciones y preocupaciones. Sin casi darnos cuenta terminaron siendo otro “no lugar” en el que ahora nos encontramos incómodos, extraños entre paredes que son de nuestra propiedad, pero que no hemos hecho propias. Nuestros trabajos, otro de nuestros “no lugares” contemporáneos, comienzan a perder parte de un sentido y del valor que ya antes nos encontraba encontrar. Entretanto, el ocio, transfigurado en tiempo libre programado, masificado y convertido también en otro triste “no lugar”, llama a las puertas para convertirse en algo personal e intransferible, único de cada uno que nos permite desarrollar y completar nuestro ser.

El anciano maestro Hora de Momo, desde su casa de Ninguna Parte, decide parar el tiempo, dejar a la humanidad congelada durante unos momentos para que Momo libere todo el tiempo capturado con su flor horaria y hacer que la gente vuelva a detenerse, a perder ese tiempo sin remordimientos, a conversar y a condenar la prisa. El “no lugar” no soporta el tiempo detenido, no tolera perderlo, elude la conversación y los afectos para entronizar la prisa. Pero el mundo se ha detenido, quién sabe por cuánto, y tenemos nuestra flor horaria con la que liberar nuestro propio tiempo y transformar nuestras casas, nuestras familias, nuestras amistades y nuestro entorno en un auténtico lugar donde estar con mayúsculas. En una sociedad que ha perdido la costumbre de estar en los lugares, de detenerse y que se ha entrenado a vivir la vida como un pasar continuado, no soportamos estar en suspenso, en ese momento interrumpido que sentimos como eternidad y para el que buscamos atajos que ahora ya no parecen servirnos.

Cuando el tiempo vuelva a andar, cuando deje de estar retenido, será el momento de hacer más lugares y reducir los “no lugares”, de hacerlo como individuos, como colectivo, como sociedad y desde las instituciones. Será el momento de recuperar retrospectiva para no olvidar y no repetir errores, de crear perspectiva para imaginar el porvenir y de hacernos más presentes en el presente haciendo de nuestro tiempo no oro sino vida que hay que gastar sin temor. ¿Y entretanto? Entretanto, simplemente estar.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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