Lo que no debemos olvidar

¿Qué vendrá después? Pregunta del millón y reflejo de la característica impaciencia que nuestra sociedad mantiene, que nos domina como nunca y más que siempre. Acabada la munición de los memes, mensajes y vídeos de whatsapp, encuentros online y feria diversa que transmitió la idea de rato divertido, todo esto se disipa para dar paso al desespero, a la no aceptación, a la búsqueda y exigencia de lecturas rápidas de la situación y resoluciones urgentes. Tan solo han pasado escasos días, pero ya ansiamos dibujar un nuevo orden mundial, social, económico desde nuestra mesa camilla digital. Y que no tarde mucho.  Deseamos tener ideas claras, la mente inspirada para alumbrar soluciones exprés. Dominados por otra circunstancia muy de nuestros días, la emocionalidad exacerbada, buscamos explicaciones a aquello que no aceptamos y las encontramos en el castigo divino o en la naturaleza, recargamos nuestra culpa, nos autoflagelamos como sociedad, hablamos de un mundo que debería parar y que ahora se ve forzado a ello. Mezclamos política, cambio climático, economía o valores sociales y lo revolvemos todo para justificar que ahora seamos golpeados por un virus. Un “nos lo hemos buscado” resuena constantemente en nuestras cabezas.

Un pensamiento en exceso antropocéntrico, que hace pensar que lo que sucede es dependencia exclusiva del ser humano. Así, lejos de empequeñecernos y de concedernos ese alivio de la vulnerabilidad, desplazamos lo vulnerable no a la realidad del ser humano y de cualquier ser vivo, que siempre fue, es y será vulnerable ante acontecimientos imprevistos que, de otra parte, jamás dejaron de existir, sino a los artificios y sociedades que creamos. La derivada paradójica es que cuanto más nos culpamos de estos acontecimientos, más antropocéntricos nos volvemos, y más aspiración de control querremos instalar.

La aceptación no busca explicaciones extrañas, no tiene prisa, pero se pone en movimiento, intenta comprender más allá de la emoción y construye con memoria. Nada que ver con lo que ahora sucede dominado por la impulsividad, la urgencia y la hipérbole. Y tras ello, el peligro de ser cainita, de ser autodestructivo, el peligro de mezclar lo no mezclable. El peligro de olvidar. La memoria, decía Stefan Zweig, no retiene las cosas por puro azar ni pierde otras por casualidad, sino que es una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio. Desprenderse de ella para dejarse llevar por la situación excepcional puede ser nuestra peor condena a futuro. Agazapados siempre esperan su oportunidad los autoritarismos, revestidos quien sabe de qué nuevas formas, dispuestos a prometer la seguridad a cambio de ahogar nuestra libertad.

No debemos olvidar, por más que se nos diga desde todas las instancias, que no es una situación de guerra. En nuestro escudriñar desesperado por encontrar acontecimientos similares apelamos a la épica de las contiendas bélicas para movilizarnos, o más bien desmovilizarnos para recluirnos en nuestros hogares, para buscar apoyo en los otros y encontrar raigambre. Pero no es una guerra, no lo es. Lo que vivimos nada tiene que ver con contiendas donde el hombre se enfrenta al hombre, donde desaparece el concepto de propiedad, donde queda destruido lo material y lo inmaterial porque nada hay más terrible y sinsentido que cuando el hombre se muestra despiadado con su propia especie, y se transforma en un lobo para consigo mismo, como hace ya siglos recordaba Plinio. Apelar a la épica, a la nación, solo lleva a instalar para el futuro el germen de la beligerancia. Si en algo se parece es a una catástrofe natural, pero no a un conflicto bélico.

Estamos confusos, y eso no es malo si se sabe aprovechar. La confusión es empuje fundamental para ponerse a pensar. Pero conjugada con lo impulsivo nos lleva a la precipitación. Hemos de abrazar la confusión como un momento no de acción sino de pensamiento y reflexión que nos lleve a ordenarnos y avanzar.

No debemos olvidar que jamás hubo tanto respeto a los derechos, tantas conquistas sociales, tanto avance científico, aunque ahora parezca difícil verlo, tanta libertad para expresarnos y para movernos como en nuestra época. No fijarnos solo en destruir, sino en conservar lo bueno, que lo había, y en abundancia también. En tiempos revueltos, la masa pide sangre y necesitamos la visión y la calma.

Democracia versus gobiernos autoritarios, seguridad versus libertad, público versus privado, estos y otros muchos debates ya estaban en las agendas pero a la salida de esta crisis se recrudecerán. Frente a ello, ni el cainismo ni el amurallamiento, sino el no olvidar para cambiar. Y es que no olvidar no significa no cambiar, sino hacerlo y mucho. Nuestra sociedad excesiva necesita alteraciones de calado, corregir injusticias y desigualdades, replantear la forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con nuestro entorno y medioambiente, con la tecnología. Requiere educar y trabajar de otra forma, cooperar, redistribuir. Replantear un nuevo modelo de vivir, en definitiva. Pero no hacerlo de forma precipitada al son de la catástrofe, sino recuperar sin prisa y sin pausa, pasada la zozobra, las reflexiones ya hechas y todavía válidas de antes de la crisis, y aprovechar la circunstancia para reimpulsarlas. En ello nos va el futuro.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

 

 

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