Apuntes del natural. Ambivalencias

La libreta abierta frente a lo que llama su atención. El artista en la calle, en el paisaje, en el elemento; el artista situado en la proximidad de lo que es representado. Con trazo firme pero nunca definitivo, boceta empujado por el instinto íntimo que es tan solo de él, olvida la técnica para captar la esencia de aquello que ve, entreverado con lo que siente. Incapaz de distinguir lo uno de lo otro, lo visto y lo sentido, cierra el cuaderno. Bocetada y empapelada su versión de lo natural, ¿y qué es lo natural, al fin?, se convierte en el andamiaje de lo que luego vendrá, de la particular visión que comenzó frente a frente con aquello que nunca es real, sino su percepción.

Apuntes del natural instintivos, particulares, de trazo grueso y deleble, andamiajes de lo que luego será. Requieren de estar presentes físicamente, y cuan extraño resulta realizar esos apuntes al natural desde el sobrevenido exilio domiciliario. Qué extraño presenciarlo todo como en tercera persona, sin poderse situar ante lo que se desea representar y contar. Una extrañeza que se junta con una ambivalencia desconocida, una ambivalencia entre la impotencia y la reconciliación con nuestra propia naturaleza, entre el temor y la esperanza, entre el paréntesis y el cambio profundo, entre el hoy y el mañana.

En mi cuaderno bocetado y ambivalente diviso un encierro entre paredes que lejos de socavar la inmediatez y rapidez de nuestros días la ha trasladado aún más si cabe a las pantallas que presiden nuestras casas. Que el sentido del humor retransmitido por millones en vídeos, imágenes y audios que vienen y van, despistan temporalmente la angustia lógica de encarar lo desconocido y el miedo a enfrentarse a la realidad de uno mismo y su circunstancia.

Contemplo al silencio reinar inesperada y sorpresivamente en las calles y en los finos tabiques de las viviendas. Veo ventanas más abiertas de lo normal donde ya no miramos indiscretamente lo que fuera hay, sino que las transformamos en las únicas puertas para dejar entrar la vida, para buscar al otro, a los otros.

Vislumbro una pandemia hija de su época, exponencial, rápida y muy pronunciada, en red y globalizada. Que en su primer acto ha exacerbado algunas de las contradicciones de nuestro tiempo: hiperconectados pero aislados, solidarios pero en pequeñas dosis movidas por arrebatos de hiper emocionalidad, encerrados pero con las despensas rebosantes. Que ha abundado en la diferencia entre los que son ancianos y los que no lo son, como si los primeros pertenecieran a otra especie de la que su muerte parece doler un poco menos y entenderse mejor.

Entreveo instituciones a remolque. Desacostumbradas a liderar ni a alumbrar, hijas de un tiempo tecnócrata, es la ciudadanía quien las empuja, cuando más que nunca necesitamos el arte de gobernar, el liderazgo más allá de escudarse en los expertos que, de repente, pasan abrumados de su trabajo callado en sus laboratorios a los focos del gran laboratorio del territorio nacional. Desconcertada en esta irrealidad tan real, la sociedad ansía un liderazgo enérgico y decidido que va más allá de la ciencia, que va más allá de pedir responsabilidad ciudadana, de huecos mensajes. Hoy la indecisión puede condenar, hipotecar y matar. Palpo la ansiedad y angustia por la supervivencia de esos millones de personas que ven desmoronarse su sustento al bajar persianas mientras hay que seguir viviendo. Y me acuerdo de aquellos cuyo hogar es el raso, la fachada de este o aquel edificio, el puente o el portal, que en una cruel paradoja son desalojados de las calles y de las aceras para ser realojados bajo un techo real.

Pero en ese cuaderno ambivalente también me maravillo. Me maravillo de que en pocas horas hemos desaparecido obedientemente de las calles, de comprobar que civismo y compromiso nunca se fueron del todo, de encontrar ese común que trasciende culturas y países, de la predisposición curiosa a aprender de lo que nos sucede, del optimismo triunfante en el pulso con el pesimismo y la negatividad tan propios de nuestros días, de la aceptación no resignada. Me maravillo del silencio obligado a las voces que intentan aprovecharse de la situación para su fin particular. Me maravillo de que los balcones de repente tienen música, de que las calles aplauden, de que la poesía habla en los móviles. Poco importa si es flor de un día, me maravillo.

Apuntes del natural que son ambivalencias.

 

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

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