La distopía y la fragilidad

Distópicos y frágiles, así somos hoy. La distopía, aquél “mal lugar” que Tomás Moro contraponía a ese lugar ideal que representaba lo utópico, ha acampado entre nosotros. De la ciencia ficción a género en sí mismo y de género a realidad. La realidad confundida con la ficción y la ficción entreverada con la realidad. Alimentar el monstruo de esa confusión, eliminar las barreras y convertir todo en espectáculo, hacer de lo importante banal y de lo banal algo importante esconde en su interior el caos y la desconfianza. La distopía encuentra en esa confusión el terreno abonado para crecer y ramificarse. Lo que un día fue información hoy se convierte en propaganda, apenas distinguimos lo veraz de lo que no lo es, imaginamos poderes oscuros que nos dominan y ocultan información, nos sobre protegemos e hiper prevenimos porque todo es peligro en potencia, todo nos produce pavor. Nos sentimos en una vigilancia continua y flaquea nuestra idea de libertad, mientras caemos presa del histerismo y de la sobre reacción porque todo deviene en amenaza. Así es nuestro mundo hoy, así es nuestra sociedad distópica.

Y en ese camino, nos hacemos frágiles y quebradizos como sociedad. Irracionales e instintivos, insertos en una masa que se mueve por impulsos entregados totalmente a lo emocional del momento, al miedo imperante. Pero no importa que nos encerremos ahora en nuestras casas, ya antes estábamos encerrados en nuestros dispositivos, en nuestros trabajos y en la maquinaria del consumo. Éramos distópicos previamente a saber que lo éramos. La distopía como ese espejo deformado de nuestra sociedad que gustamos de mirar para volver con agrado a nuestra realidad y comprobar que estamos lejos de ese “mal lugar”, que no nos puede suceder a nosotros, se ha transformado en nuestro espejo real sin saber aún cómo ha ocurrido.

Incrédulos ante lo que nos sucede, apenas nos preguntamos qué nos trajo hasta aquí, y qué nos llevará a salir. Aprovisionamos nuestras despensas como si el fin del mundo se tratara, pero vaciamos nuestras cabezas de cordura y de razón. Fiamos todo a los expertos y a la ciencia, que se desbordan ante acontecimientos que escapan de las cuatro paredes del laboratorio, ante circunstancias que son sociales y necesitan de una mirada humana y humanística que sea capaz de manejarlas adecuadamente.

Somos más frágiles cuando no existen referentes confiables. Somos más frágiles cuando nos transformamos en un moderno “hombre-masa” orteguiano que obedece sin pensar los dictados de una mayoría que reacciona sin medida y contamina también a aquellos que nos dirigen, que de dirigir pasan a ser dirigidos por esa masa y por su temor. Somos más frágiles cuando recelamos de los que nos rodean, porque acabamos por vivir en un lugar inhabitable, hosco y triste. Somos más frágiles cuando es el terror y el pavor los que guían nuestros pasos y es la emoción la que dicta en exclusiva nuestras reacciones. Somos más frágiles cuando todo lo interpretamos como un accidente que ya pasará, para volver a nuestro antiguo estado, en lugar de aprovecharlo para corregirnos, para virar el rumbo. Somos más frágiles cuando nos enredamos en un presente continuo y desbocado, cuando miramos el pasado como un tiempo siempre mejor y al futuro como un porvenir lúgubre y desesperanzado.

Pero siempre es buen momento para la utopía. Su ausencia nos ha vuelto estáticos, sin otro movimiento que dar vueltas en derredor. La utopía está enfrente de nosotros, esperando a ser mirada y contemplada, aguardando expectante a que volvamos a caminar hacia ella porque no nos hemos olvidado de ella. La utopía siempre se aleja cuando más cerca estamos. ¿Para qué sirve entonces? se preguntaba el poeta Eduardo Galiano. Precisamente, para eso, para caminar, se respondía a sí mismo. Para andar y avanzar hacia una idea de futuro, de abundancia más allá de la escasez que dibuja lo distópico, para abandonar la masa y el conformismo, para ser más humanos y ser más libres.  No, la utopía no es irrealismo frente al hiper realismo de lo distópico. No es un no vivir en este mundo, sino que es tan real como deseemos hacerla. Qué bueno sería hacer de la necesidad virtud. Convertir los días en los que la distopía se ha hecho verbo y triste realidad en un nuevo comienzo que mirara a esa isla utópica del horizonte. Dejar de ser víctimas resignadas a protagonistas rebeldes. Nunca fue tan tarde, nunca fue tan pronto para ello.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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