El hombre invisible

Visibilizar es la palabra. Ser, estar, hacerse visible como consigna de nuestros días. Poco importa se trate de causas sociales, decisiones políticas, arte, cultura, empresas o personas, si algo desea existir e incluso sobrevivir, ha de visibilizarse. Comprimimos todo nuestro ser en escasas etiquetas, en hashtags que han de definirnos, hacernos accesibles y localizables en la jungla ‘internetiana’. Y cuanto más arriba en las posiciones se nos muestre, más existimos. El medio transfigurado en fin, la herramienta en objeto. Poco importa lo que tengamos que decir si apenas somos visibles. Lo que no se ve, no existe, no sobrevive.

Nos catalogamos como un producto más y nos renombramos todos de similares formas para no quedar aislados ni relegados, para no permanecer invisibles. Queriendo ser más visibles y diferentes, empero caemos presos de la paradoja del lugar común. Decimos cosas similares y nos clonamos al dictado de la moda, del trending que siempre corre más que nosotros, que nos deja exhaustos y frustrados. Y en esos espacios, todo acaba siendo competencia, grito y ruido por sobresalir, por hacerse ver. Hay que hacer y parecer mucho, pero nada importa el ser. Lo que somos resulta escasamente relevante si no nos ven.

Ya no hay siquiera minuto de gloria, porque un minuto es una eternidad. El afán de ser visible en un universo donde todo se refresca cada milisegundo se vuelve tarea titánica, ingente, angustiosa y hueca. Hiper dependientes de lo algorítmico, casi todo escapa de nuestro control y el olvido es ese precipicio situado en la próxima actualización. La obsesión por lo visible remueve todo para no mover nada. Nos zarandea para no avanzar. Como Alicia y la Reina Roja, corremos con estrépito para quedarnos en el mismo lugar. En el reino de lo visible, poco queda y todo pasa vertiginosamente.

Entretanto, el hombre invisible se aleja de la angustia del parecer para ser, para dar pocos pasos y hacerlo firmemente. El hombre invisible también desea ser oído y escuchado, pero tan solo cuando tiene algo que decir. El hombre invisible quiere escribir y ser leído, pero no gusta de etiquetarse ni limitarse. El hombre invisible quiere sobrevivir haciendo lo que más desea, lo que ansía, sin depender de la cantidad de seguidores. El hombre invisible valora el silencio y gusta de estar callado a veces, mientras en otras apenas puede contenerse. El hombre invisible tiene sus ritmos, suyos y de nadie más. El hombre invisible es único y tiene su propio lenguaje. El hombre invisible somos tú y yo.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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