El verdadero virus

Hiper prevención, alarma, pánico e histerismo saltan las fronteras y culturas para instalarse por igual en cualquier lugar del mundo. Tan diferentes nos vemos y sentimos, y tan iguales nos mostramos cuando de responder a una ‘supuesta amenaza de dimensiones nunca vistas’ se trata. Hoy es una enfermedad, y mañana quién sabe qué. Pero lo doliente de nuestras avanzadas sociedades, el verdadero virus, nuestro auténtico mal, yace oculto bajo la desmesura de nuestras reacciones. “Digamos para simplificar, Rieux, que yo padecía de la peste mucho antes de conocer esta actitud y esta epidemia” decía uno de los personajes de La peste de Camus. Y es que, antes y más allá de cualquier epidemia, los seres humanos padecemos de tiempo atrás un virus menos evidente, pero más pernicioso.

Descreídos de casi todo, con la vista tan solo puesta en el presente, el ‘ahora’ es lo único que tenemos, y conservarlo a toda costa es nuestra obsesión. Nada puede violentar el ‘hoy’ que es nuestra más preciada posesión, y hemos de pertrecharnos de muros de prevención, de ‘por si acasos’ para no violentarlo, para no perderlo. La eternidad del futuro ha mutado a un presente eterno donde no sabemos ni queremos enfrentarnos a lo imprevisible, a lo inseguro, a la incertidumbre del porvenir. Hemos desaprendido a vivir con la idea de un final y nos revolvemos contra todo y ante todo.

No soportamos no saber, no conocer, pero en ese no soportar, terminamos por saber cada vez menos. En el melting pot de informaciones, en la realidad ficcionada que habitamos, nada y todo son referentes, y ante ello, el caos y el desconocimiento nos inundan. Y cuando esto ocurre, nos introducimos sin remisión en la masa, en esa masa orteguiana donde cada individuo se queda vacío, sin capacidad de juzgar, de pensar críticamente, movido por los estímulos, los instintos y el histerismo. Incapaces entonces de razonar y de calibrar, todo se convierte en importante y urgente a la vez, todo pesa lo mismo en una balanza averiada, que ya no puede adjudicar los pesos adecuados a cada circunstancia. Como resultado, sobre reaccionamos y adoptamos comportamientos irracionales. De quererlo controlar todo, pasamos en pocos días a vivir descontrolados.

No, el verdadero virus no se trata en los laboratorios, no es medicalizable. El verdadero virus se encuentra en la incapacidad de razonar, de pensar por nosotros mismos más allá de la masa, de entender, aceptar y querer nuestra finitud como un regalo, de vivir con la certeza de la incertidumbre sin resignación. El resto pasará.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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